Google+ Aislado en este planeta: Marathon Man

domingo, 24 de abril de 2011

Marathon Man


La fantástica historia de Mensen Ernst, un legendario deportista del siglo XIX


En "El baúl de Josete", uno de esos interesantes blogs que recuperan curiosas anécdotas de la historia, he encontrado el caso de Mensen Ernst, un noruego que durante el siglo XIX se hizo famoso en toda Europa por su increíble capacidad para recorrer grandes distancias a una velocidad endiablada.



La popularidad de Mensen comenzó a sus 20 años, cuando después de haber pasado unos años trabajando como marino y recorriendo el mundo, decidió poner los pies en la tierra y correr los 116 kilómetros que separan Londres de Portsmouth en tan sólo nueve horas. A partir de ahí "el águila del desierto" comenzaría a ganar dinero con apuestas tratando de conseguir el más difícil todavía.


Entre sus hazañas destacan sin duda la mítica travesía que inició el 11 de junio de 1832 en París y que le llevaría hasta Moscú en tan sólo trece días, dieciocho horas y cincuenta minutos y lo hizo para ganar una apuesta. Hablamos de unos 2.600 kilómetros que el noruego hizo a pie, valiéndose de su sentido de la orientación. Muchos periódicos de la época, recogieron el record de Mensen que no acaba sino de empezar su legendaria historia...


Al año siguiente prometió a los reyes de Baviera, en Alemania, que llevaría un mensaje personal a su hijo que se encontraba a unos 2.000 kilómetros, en Nauplia (Grecia). Lo hizo en 24 días, 20 horas y 43 minutos y al parecer tuvo bastantes contratiempos al haber tenido que sortear en su camino, no sólo las dificultades del terreno, sino algunos problemas añadidos, como los ladrones y dos supuestos arrestos por espionaje.


Y "el hombre pequeño con las piernas más largas" -calificado así por la reina de Baviera- siguió cosechando éxitos durante los años siguientes: En 1836, corrió de Constantinopla a Calcuta -ida y vuelta- en una aventura de 59 días y a una media de 140 kilómetros diarios.


A los cuarenta años, parecía envejecido y gastado. Los viajes a la intemperie, en un constante esfuerzo físico comenzaron a pasarle factura. En 1843, partió de Alejandría con la intención de llegar a Ciudad del Cabo, en una carrera cruzando África de norte a sur. Como regalo al príncipe de Puckler-Muskau, prometió encontrar la fuente del Nilo. No llegó más allá de la primera catarata del río: una enfermedad, probablemente disentería, detuvo sus cortas pero ágiles piernas para siempre. Murió en enero de 1843, cerca de la frontera entre Egipto y Sudán, donde fue enterrado pocos días después.




Sorprendentes hazañas, o leyenda premeditada, ahí queda para la historia.

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