Google+ Aislado en este planeta: Blanco bueno busca...

jueves, 24 de noviembre de 2011

Blanco bueno busca...

Hace cincuenta años que se inició la cooperación al desarrollo. Cincuenta años que no han servido para tanto como podemos pensar. En realidad el balance es bien pobre. Europa ha demostrado ser un pozo sin fondo de donantes y África, un pozo sin fondo de fracasos. Por ineptitud, por poca sostenibilidad, por corrupción, por intereses ocultos, por ignorancia de las formas de vida africanas… Aún así, ha calado la idea de que los problemas africanos se solucionarán con proyectos de desarrollo, que la opinión pública juzga por las buenas intenciones y no por los buenos resultados.


Gustau Nerín, un antropólogo catalán con gran conocimiento del continente africano, ha publicado un libro: "Blanco bueno busca negro pobre" en el que desmitifica sin complejos la cooperación internacional. A través de su propia experiencia, y con argumentos económicos, sociológicos, morales y antropológicos, pone en entredicho las bondades de las ONG y las ayudas oficiales para el desarrollo. 


En palabras de Nerín, "La Ayuda Oficial al Desarrollo, agudiza la dependencia de África de los países del Norte; cuando todo lo hacen las oenegés, la sociedad no tiene espacio para nada. En Guinea Bissau o en Somalia la cooperación representa más del 50% de su PIB. En Europa estamos obsesionados por decidir qué necesita África, y nunca acertamos. Por ejemplo, esa obcecación por construir guarderías cuando allí las madres prefieren llevarse consigo a sus bebés al campo".

El error de muchas organizaciones de cooperantes consiste en pretender que los africanos adopten nuestros productos, nuestros modos de vida y costumbres y también que piensen como un europeo. Vamos convencidos de que lo nuestro es lo bueno en todos los ordenes y que ellos son pobres ignorantes que tienen que cambiar. Increiblemente, esta mentalidad colonizadora, es la misma que llevaron los conquistadores europeos a America en el siglo XVI.

En muchos pueblos africanos hay una fuente. Las hay manuales y también eléctricas pero gran parte de ellas no funcionan. Un día vino alguien de un proyecto de cooperación y construyó un pozo y la fuente. Después se marchó y al cabo de poco tiempo, la bomba dejó de funcionar. Y la gente volvió a buscar su agua al río, o a los viejos pozos con una simple cuerda, tal y como lo había hecho siempre.

El continente africano es un inmenso cementerio. Un cementerio plagado de proyectos abandonados: hospitales que nunca llegaron a ser inaugurados, letrinas que no se utilizaron, granjas de pollos que han durado tanto como las subvenciones, guarderías en ruinas que jamás han visto un niño, ordenadores viejos parados por falta de electricidad... En África todo el mundo sabe que las políticas de cooperación no funcionan o, como mínimo, que no sirven para lo que se supone que deberían servir. Pero este secreto de dominio público no llega a Occidente, donde la acción humanitaria se presenta como la solución a todos los problemas africanos. 


Los políticos europeos viajan a África para hacerse una foto junto a «sus» proyectos. Los jóvenes idealistas occidentales que van a campos de trabajo durante el verano, vuelven con llamativas ropas estampadas y con centenares de fotos de los «maravillosos» niños a los que han «ayudado». Los periodistas, en la televisión y en la radio, presentan a los cooperantes como eficientes emisarios de un Norte solidario que cada día salva a los negros.


No hay nadie que critique los proyectos de cooperación. Nadie se atreve a cuestionar una cosa que se ha hecho con «buena voluntad». Nadie investiga sobre las fuentes averiadas, las vacunas caducadas y los quirófanos por estrenar que se pueden encontrar en cualquier rincón del continente africano. Los medios de comunicación, cuando hablan de cooperación, lo hacen siempre desde un punto de vista propagandístico; no aportan ni pizca de espíritu crítico, como se supone que es su deber. Los parlamentarios, que en teoría deberían controlar cómo se gasta el dinero público, no son capaces de hurgar en este tema por miedo a herir sensibilidades... De esta forma, la cooperación se ha convertido en un icono incuestionable. Los políticos dedicados a temas de cooperación, las instituciones internacionales, las ONG y los «expertos» son intocables, porque se supone que encarnan todas las bondades de Occidente.


Cuando la realidad es que la Ayuda Oficial al Desarrollo sirve para que países como Gabón o Chad tengan gobiernos favorables a Francia o para que España tenga acuerdos pesqueros con Namibia o Mozambique. Forma parte de contrapartidas que los Estados dan a los gobiernos africanos. Pero lo bueno es que gran parte de las ONG que trabajan en África, en realidad, lo hacen por cuenta de gobiernos occidentales. Estas ONG no van a estas zonas porque son las más necesitadas de ayuda, van allí porque forma parte de la política exterior de los Gobiernos.


Aunque no se puede negar en muchos casos, buena voluntad e incluso abnegación, la cuestión es que la cooperación al desarrollo no ha logrado el objetivo principal, conseguir que África pueda ser autónoma y más bien ha fomentado que los países sean continuamente dependientes de unos peces que casi nadie ha sabido enseñarles a pescar.

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