Google+ Aislado en este planeta: ¡Vivan las cadenas!

sábado, 17 de marzo de 2012

¡Vivan las cadenas!


En estas fechas de celebración del segundo centenario de la Constitución de Cádiz de 1812, quiero trazar unas pinceladas a brocha gorda, del contexto histórico de unos tiempos y unos hechos, en los que España se asomó por primera vez a la modernidad.

La Constitución de 1812 recogió en primicia muchos de los principios fundamentales que siguen vigentes en nuestros días. Algunos de ellos los tenemos tan asimilados que parece increíble que en otro tiempo las cosas fueran diferentes. Pero lo cierto es que, en el momento de su proclamación, significaron una auténtica ruptura con lo que existía con anterioridad. Es muy importante señalar que algunos principios que doscientos años después son tan habituales como la separación de poderes, la libertad individual, la libertad de prensa, o la inviolabilidad del propio domicilio, son derechos que disfrutamos ahora, pero que se planteaban como absolutamente modernos e innovadores en la Constitución de 1812. 

Facsimil primera edición
Sin embargo, una constitución liberal como la de Cádiz, mantuvo totalmente al margen de los nuevos derechos de libertad e igualdad a las mujeres, sin que para ellas existieran por tanto grandes diferencias entre el Antiguo Régimen y el nuevo tiempo Constitucional. Tuvo que transcurrir más de un siglo para que se decretara en las Cortes el derecho del sufragio femenino, que tuvo lugar el 1 de octubre de 1931 con la Segunda República. 

¿Como se fraguó la Constitución de Cádiz? Hay dos elementos que causan la crisis del Antiguo Régimen en España desde finales del siglo XVIII: por un lado, los efectos de la Revolución Francesa de 1789, que provocaron en España la ruptura de las relaciones con el país vecino debido al temor de que las ideas liberales consiguieran también aquí, acabar con la monarquía absolutista y por otro lado, las sucesivas guerras contra Francia e Inglaterra en los años noventa, que terminaron por arruinar la economía del país.

Napoleón que comenzaba a expandir su imperio por Europa, firmó con España el Tratado de Fontainebleau en 1807 para invadir Portugal, aliado de los ingleses. Las tropas francesas pudieron así cruzar la Penísula Ibérica pero también quedarse, controlando en pocos meses el territorio español.

La jornada del Dos de Mayo de 1808 en Madrid, marca el inicio de la Guerra de la Independencia. El levantamiento popular se produjo en medio del clima de tensión que se respiraba en un Madrid ocupado, cuando comenzó a correr la noticia de que los últimos miembros de la familia real, que aún permanecían en palacio, se disponían a partir hacia Bayona. El pueblo se sublevó contra los soldados del general Murat tratando de evitar el traslado forzoso.

El relato de la insurrección en Madrid, pronto circuló por el resto del país, provocando una oleada de levantamientos. Los españoles comenzaron a organizarse localmente formando Juntas Provinciales, cuya coordinación se llevaba a cabo desde la Junta Suprema Central, órgano que tomó las riendas del gobierno ante el vacío de poder dejado por la ausencia del rey. A los pocos meses llegaba la noticia de que la familia real había renunciado a la corona, viniendo a reinar José I, hermano de Napoleón. Pronto surgió un clamor patriótico y popular que se materializó en canciones, representaciones, poemas o estampas, destinados a movilizar a la población para luchar contra el invasor. Las clases populares, animadas por la Iglesia, se convertirían en la nueva seña de identidad de la nación, surgiendo nuevos héroes de origen anónimo.

Iniciada la guerra, los españoles tomaron diferentes opciones políticas. De un lado estaban los llamados "patriotas", que iniciaron la lucha para defender la legitimidad de Fernando VII y que acabarían refugiados en la Isla de León y Cádiz convocando las Cortes y proclamando en 1812 una Constitución. De otro lado nos encontramos a los "afrancesados" que apoyaron la llegada de José I, hermano de Napoleón, a Madrid convencidos de que las ideas procedentes de la revolución francesa podían modernizar a España. En definitiva, también eran patriotas aunque sus ideas eran diferentes.

Se estima que los diputados que formaron las Cortes en Cádiz eran entre 200 y 300 en total. Sabemos que sus señorías se caracterizaban por una extraordinaria diversidad. Si nos fijamos en su clase social, había eclesiásticos, nobles y ciudadanos comunes. Respecto a las ocupaciones, se mezclaban abogados, funcionarios, militares, escritores, comerciantes y otras profesiones liberales. Los eclesiásticos eran posiblemente los diputados que más se identificaban con las clases bajas, pues había sido desde los púlpitos desde donde más se había propiciado la lucha contra los franceses, liderando en muchos casos las guerrillas.

Mosaico de Plaza de España en Sevilla
Desde las primeras sesiones de las Cortes, a finales de 1810, los diputados coincidieron en que era necesario articular una Constitución que recogiese las nuevas leyes fundamentales del reino, que sería de aplicación general en todos los territorios de la Corona Española que en aquella época incluía los virreinatos de los paises sudamericanos.

Reunida una comisión para iniciar los trabajos, el 18 de agosto de 1811 se presentaría el primer borrador a las Cortes. La discusión se desarrolló en pleno asedio de Cádiz por las tropas francesas, una ciudad bombardeada, superpoblada con refugiados de toda España y con una epidemia de fiebre amarilla. La Carta Magna se compuso finalmente de 384 artículos organizados en 10 capítulos o títulos, siendo una de las constituciones más prolijas de nuestra historia. Fue promulgada por las Cortes Generales de España el 19 de marzo de 1812 en Cádiz. Respecto al origen de su sobrenombre, la Pepa, puede deberse a que fue promulgada el día de San José. La Constitución que tuvo como referente la "Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano", firmada en 1789 tras los acontecimientos de la Revolución Francesa, asentó los principios liberales del siglo XIX, al convertir en nuevos ciudadanos a los antiguos súbditos del absolutismo.

Sin embargo, la Constitución pronto sería cuestionada y abolida. El Tratado de Valençay en diciembre de 1813, sellaba la paz entre Napoleón y Fernando VII, recuperando este último la corona española. Al grito de ¡Vivan las cadenas!, los absolutistas recibieron al rey en Madrid. Aunque las primeras manifestaciones de éste al Consejo de la Regencia permitían pensar que se daría continuidad al nuevo régimen político, en mayo de 1814, Fernando VII decretó la abolición de la Constitución y todas las medidas legislativas promovidas en las Cortes de Cádiz.

Fernando VII
Fernando VII se opuso a la Constitución de Cádiz porque significaba el paso de un Estado absolutista a uno constitucional. En cuanto a los territorios americanos, que con la nueva constitución, se integraban como provincias, la Corona perdía no sólo su privilegio absoluto sobre los individuos, sino las rentas de todo el continente americano que pasaban directamente a poder del aparato del  estado y no del monarca, al quedar establecida en la nueva carta, una sustancial diferencia entre la hacienda de la nación y la hacienda real y esto no pudo consentirlo Fernando VII.

Posteriormente, la Constitución de 1812, estuvo vigente durante el Trienio Liberal (1820-1823), así como durante un breve período en 1836-1837. En estos convulsos comienzos del siglo XIX, las colonias americanas vieron frustrada la opción autonomista ofrecida por la Constitución de Cádiz y el nacionalismo de ultramar optó por la insurrección armada, lo que llevó al triunfo de las independencias nacionales en todo el continente americano y al final del imperio español.

No hay comentarios:

Publicar un comentario