Google+ Aislado en este planeta: Hablando de Hopper

lunes, 17 de septiembre de 2012

Hablando de Hopper

He visitado en Madrid la exposición de este pintor americano, en el Museo Thyssen-Bornemisza.

Sé de Edward Hopper lo que dice de él la web del Museo y el catálogo de la exposición. Que poseía una sólida formación académica, que dejó a un lado la fascinación por Paris y sus vanguardias para dedicarse a una pintura inequívocamente americana, tanto que ha dejado abundantes huellas en la más americana de las artes, el cine. Que es el pintor de la soledad y de la austera arquitectura de las ciudades modernas, de las viviendas mudas en el litoral frío del noreste, de las miradas casuales de una ventana a otra, el pintor del aburrimiento sombrío, de los noctámbulos perdidos a la luz de los neones. Con una tristeza que se alimenta de la experiencia de la Gran Depresión. Que quizás su obra sea la contribución más clara del siglo XX a la gran pintura perspectiva, o sea, mucho más que objetos, paisajes o figuras sus cuadros retratan miradas: la del pintor/espectador y las de los personajes que aparecen en sus pinturas. 

El pintor, en el caso de Hopper, es un mirón: no conoce a los personajes, nunca se acercará a ellos, los espía de lejos. Ve gestos y posturas casuales que nunca adquirirán sentido. No posan, no son conscientes de que alguien los mira, no les importa. Muy raramente se miran entre sí, en realidad no miran a ninguna parte.

Hopper no daba una interpretación a sus cuadros y dijo alguna vez, que todo lo que había que decir de ellos ya estaba en el lienzo. Y es verdad, se puede saber casi todo sin acudir a otra fuente. Su autorretrato, el único rostro que mira al visitante en toda la exposición, es fiel a lo que se ha dicho del autor: introspectivo, conservador, franco, discreto y digno.

Nacido en una familia burguesa que incentiva sus dotes artísticas, recibe una formación de altura, realiza todos los estudios y los viajes necesarios a Europa, trabaja como ilustrador de revistas sin concesiones a la bohemia. Se casa con una compañera de profesión que se mantendrá a su lado hasta morir puntualmente pocos meses después que él, y colabora en algunos cuadros tan casuales en la apariencia como minuciosamente estudiados. Obtiene un considerable éxito de ventas, y una vida muy desahogada aunque su trabajo sea lento y meticuloso y contenga largos periodos de inactividad. Con su esposa compra una casa junto a la playa en Cape Cod, en Massachussets, cuyo faro retrata en varias ocasiones.

Su pintura es ciertamente americana: los grandes espacios de Nueva York o de la costa este, le permiten retratar soledades de verdad, espontáneas, algo muy diferente de las vistas de Madrid de Antonio López, donde las calles vacías, tan improbables, son simplemente un desnudo arquitectónico. 

La obra de Hopper se sitúa en diversas épocas: sus estancias en París, pasa un tiempo como ilustrador publicitario, vive la Gran Depresión y también la época dorada del "american way of life". Conoce todas las tendencias pero no abraza ninguna. Pinta con un lenguaje propio y en sus composiciones repite una y otra vez sus temas preferidos: ventanas, miradas furtivas, mujeres solas, aburrimiento, perspectiva y luces imposibles. Tristeza, soledad y poesía como en mitad de una tarde de verano.

He recogido en este vídeo la mayor parte de la obra de Hopper. Hay que verlo a pantalla completa para perderse por los escenarios y paisajes de su obra.



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