Google+ Aislado en este planeta: Góngora y Quevedo

jueves, 29 de noviembre de 2012

Góngora y Quevedo

En pleno Siglo de Oro, el mundo literario español estuvo repleto de grandes personajes que dejaron para la historia las más notables obras que se han escrito en nuestro idioma. Basta citar a Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Góngora, Tirso de Molina, Gracián, Fray Luis de León y el bueno de don Miguel de Cervantes.

El lenguaje claro y popular del siglo XVI, el castellano vivo y creativo, queda bien definido en palabras de Juan de Valdés cuando manifiesta: «sin afectación alguna escribo como hablo, y solamente tengo cuidado en escoger las palabras que mejor indican lo que quiero decir». Pero en una época de tanta calidad idiomática surgen movimientos de expresión con un lenguaje más oscuro, enigmático y cortesano. Formas de hablar más cultas y rebuscadas, al alcance de escritores de gran cultura y verbo fácil. Así que nos encontramos con dos movimientos que se contraponen con virulencia pero con brillantez.

CULTERANISMO
Corriente literaria que cultiva la forma de las palabras dejando en un segundo plano su contenido y pretende crear un mundo de belleza, impresionando para ello los sentidos con los más variados estímulos de luz, color, sonido y con un lenguaje ampuloso y culto. Su representante máximo es Luis de Góngora y Argote que cultivó una poesía excesivamente enrevesada, destinada a un público elitista.

CONCEPTISMO
Corriente literaria que profundiza en el sentido o concepto de las palabras; se puede definir como una agudeza mental que da preferencia a las ideas con el fin de impresionar la inteligencia o el deseo de decir mucho con pocas palabras. Su máximo exponente es Francisco de Quevedo y Villegas.

Estas dos figuras de la literatura española del Barroco, alcanzaron fama y notoriedad en su tiempo y después la historia se ha encargado de acrecentar su figura en base a la rivalidad que mantuvieron en su época, que se dirimía a base de sonetos y rimas que, cargados de veneno, se lanzaban mutuamente sin compasión alguna. 

Góngora es más laico, materialista y liberal en sus usos y costumbres y se deja llevar por la artificiosidad de los amores mitológicos de corte clásico.
Quevedo en cambio, es un poeta barroco, cristiano y apasionado que teme a la muerte y a la justicia divina.

Quevedo tuvo una agitada vida política. Había nacido en Madrid en 1580 en el seno de una familia de hidalgos. Sus padres desempeñaron altos cargos en la corte, por lo que desde su infancia estuvo en contacto con el ambiente político y cortesano. Estudió en el Colegio Imperial de los Jesuitas, y, posteriormente, en las Universidades de Alcalá de Henares y de Valladolid, ciudad ésta donde adquirió su fama de gran poeta y se hizo famosa su rivalidad con Góngora.

Góngora también mantuvo una vida cortesana, aunque mucho menos ajetreada. Nació en el seno de una acomodada familia cordobesa, en 1561 y curso estudios en la Universidad de Salamanca. Fue canónigo en la catedral de Córdoba, con cuyo cabildo tuvo ocasión de viajar por España. Su vida disipada y sus composiciones profanas le valieron pronto una amonestación del obispo. En 1603 se hallaba en la corte de Felipe III, que había sido trasladada a Valladolid, buscando con afán mejorar su situación económica. En esa época escribió algunas de sus más ingeniosas letrillas y se enfrentó en terrible enemistad con su rival, Francisco de Quevedo.

Ambos escritores dominan sobre todo, el arte de insultar, sin zafiedad y sin exabruptos, utilizando para ello hábilmente la ironía en el lenguaje, compartiendo ambos el tono burlesco y la sátira personal. Bien es cierto que en la realidad también utilizaron otras artimañas, como en una ocasión en la que Quevedo compró la casa en la que vivía Gongora, entrampado en deudas de juego, por el sólo placer de echarlo a la calle.

¿De donde nace la rivalidad entre ambos personajes? Lo más acertado será interpretar la enemistad de Góngora y Quevedo en clave biográfica y no como consecuencia de una afrenta concreta. En efecto, un poeta en ciernes como Quevedo pudo haberse sentido en inevitable competencia con un artista ya consagrado en la corte de Valladolid y viceversa, Góngora pudo haberse resentido del creciente éxito de su joven contrincante. En definitiva, una cuestión de celos.

La obra literaria de ambos es muy extensa, más allá de los famosos versos que se cruzaron en su disputa, que se pueden encontrar aquí.

He leido algunas poesías de ambos maestros y como muestra he elegido estos versos:

El forzado de Dragut  de Luis de Góngora
(La historia de un condenado a remar en una galera turca)

Amarrado al duro banco
de una galera turquesca,
ambas manos en el remo
y ambos ojos en la tierra,
un forzado de Dragut
en la playa de Marbella
se quejaba al ronco son
del remo y de la cadena:

Luis de Góngora. Retrato de Velázquez
"¡Oh sagrado mar de España,
famosa playa serena,
teatro donde se han hecho
cien mil navales tragedias!
Pues eres tú el mismo mar
que con tus crecientes besas
las murallas de mi patria,
coronadas y soberbias,
tráeme nuevas de mi esposa,
y dime si han sido ciertas
las lágrimas y suspiros
que me dice por sus letras;
porque si es verdad que llora
mi cautiverio en tu arena,
bien puedes al mar del Sur
vencer en lucientes perlas.
Dame ya, sagrado mar,
a mis demandas respuesta,
que bien puedes, si es verdad
que las aguas tienen lengua;
pero, pues no me respondes
sin duda alguna que es muerta,
aunque no lo debe ser,
pues que vivo yo en su ausencia".

En esto se descubrieron
de la Religión seis velas,
y el cómitre mandó usar
al forzado de su fuerza.

Este que, en negra tumba, rodeado  de Francisco de Quevedo
(Epitafio a la muerte de su enemigo Góngora)

Este que, en negra tumba, rodeado
de luces, yace muerto y condenado,
vendió el alma y el cuerpo por dinero,
y aun muerto es garitero;
y allí donde le veis, está sin muelas,
pidiendo que le saquen de las velas.

Francisco de Quevedo
retrato atribuido a John Vanderham
Ordenado de quínolas estaba,
pues desde prima a nona las rezaba;
sacerdote de Venus y de Baco,
caca en los versos y en garito Caco.
La sotana traía
por sota, más que no por clerecía.

Hombre en quien la limpieza fue tan poca
(no tocando a su cepa),
que nunca, que yo sepa,
se le cayó la mierda de la boca.
Éste a la jerigonza quitó el nombre,
pues después que escribió cíclopemente,
la llama jerigóngora la gente.
Clérigo, al fin, de devoción tan brava,
que, en lugar de rezar, brujuleaba;
tan hecho a tablajero el mentecato,
que hasta su salvación metió a barato.

Vivió en la ley del juego,
y murió en la del naipe, loco y ciego;
y porque su talento conociesen,
en lugar de mandar que se dijesen
por él misas rezadas,
mandó que le dijesen las trocadas.
Y si estuviera en penas, imagino,
de su tahúr infame desatino,
si se lo preguntaran,
que deseara más que le sacaran,
cargado de tizones y cadenas,
del naipe, que de penas.
Fuese con Satanás, culto y pelado:
¡mirad si Satanás es desdichado!

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