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domingo, 11 de noviembre de 2012

La Regencia de María Cristina de Borbón

Una historia del Siglo XIX

En 1833 murió el rey Fernando VII, cuyo reinado se caracterizó por la imposición del Absolutismo frente a las numerosas intentonas liberales y también por la pérdida del imperio americano. A su muerte, se produjo un grave problema dinástico. El monarca dejaba dos hijas menores de edad, en un tiempo en el que la Ley Sálica dictada por Felipe V, prohibía a las mujeres reinar. El rey derogó esa ley mediante la Pragmática Sanción pero dejó una situación confusa y por ello, el infante Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, interpretando la ley a su favor, se proclamó heredero. Los partidarios de don Carlos eran defensores de mantener el Absolutismo. Por su parte, los liberales pusieron sus esperanzas en la futura Isabel II, en aquel momento menor de edad, por lo que España quedó regentada por la reina viuda María Cristina de Borbón, que pasaría a la Historia con el sobrenombre de la "Reina gobernadora".

María Cristina de Borbón
Ante la encrucijada que se le presentaba a la regente entre Liberalismo y Absolutismo, fue decantándose por la primera opción, convencida por políticos de tendencia liberal. Esta decisión, además de la causa sucesoria, desencadenó la I Guerra Carlista, desarrollada principalmente en las provincias vascas y el Maestrazgo (Castellón). Esta contienda terminaría en 1839, con el famoso "Abrazo de Vergara" entre Espartero y Maroto ante las tropas de ambos ejércitos reunidas en las campas de Vergara, en la villa de Oñate.

María Cristina de Borbón ocupó la Regencia hasta 1841. En todo este tiempo se rodeó de un nutrido grupo de políticos e intelectuales liberales, que desarrollaron sus tareas de gobierno en medio del hostil ambiente de la guerra. Poco a poco, el Liberalismo iría imponiéndose, aunque la consolidación definitiva del mismo no llegaría hasta muchas décadas después.

Carlos María Isidro.
Fundador de la dinastía carlista
Entre los presidentes de gobierno de esta Regencia, destacan nombres muy importantes. Entre ellos, estaba Martínez de la Rosa, que fue el impulsor y redactor del Estatuto Real. Este texto consistió en una especie de "Carta otorgada", sin llegar a ser una Constitución, ya que no surgió de la representación del pueblo. De esta manera, se tapaba la que hasta entonces se consideraba verdadera Constitución, la promulgada en Cádiz en 1812, en plena Guerra de Independencia.

El Conde de Toreno fue otro de los titulares de la presidencia del gobierno durante la Regencia. Fue quien dio uno de los primeros pasos en la política anticlerical de los liberales, al decretar la expulsión de los jesuitas de España. Siguiendo esa tendencia, Juan Álvarez de Mendizábal ejecutó la primera gran desamortización de bienes eclesiásticos en 1836. A ésta le seguirían otras, como la de Pascual Madoz en 1855, siendo ministro de Hacienda. 

La intención de estas medidas fue requisar y vender las tierras, conventos y monasterios que estaban en manos de la Iglesia, para que fueran compradas por las clases menos pudientes creando así una burguesía de clase media. Sin embargo, fue la aristocracia y la alta burguesía, que disponían del capital, las que se hicieron verdaderamente con esos bienes. Por tanto, lo poco que se consiguió fue crear una nueva clase de grandes propietarios, además del abandono y pérdida de muchos edificios, libros y pinturas de interés artístico.

En 1837, con Calatrava a la cabeza del gobierno, se redactó una nueva Constitución, que dejaba atrás el antiguo texto de Cádiz y el Estatuto Real de Martínez de la Rosa. Se trató de una Constitución de tintes más liberales que la de 1812, que daba mayores poderes a las Cortes, aunque los diputados se elegían por sufragio restringido. Ello significada que únicamente podían votar aquellos ciudadanos con un determinado nivel de rentas.

La Regencia de María Cristina de Borbón acometió en todos estos años, cambios y reformas a favor del Liberalismo. Sin embargo, en 1841, María Cristina de Borbón abdicó de su cargo y se exilió en Francia. La Regencia fue asumida por el general Baldomero Espartero durante los tres años siguientes.

Monumento al general Espartero en Logroño

Este período se caracteriza también por la progresiva descomposición de los liberales en varias tendencias políticas. Nacen así el Partido Moderado, el Progresista y el Liberal, a los que más tarde se añadiría la Unión Liberal. Frente a todos ellos, quedaban los Carlistas, que aferrados al Absolutismo y al Foralismo más exacerbado, tuvieron en jaque al Estado en las tres Guerras Carlistas hasta la época de Alfonso XII.

En 1848, María Cristina de Borbón volvió a Madrid e intentó controlar la política de su hija, Isabel II, que había sido declarada mayor de edad con 13 años, durante la presidencia de Narváez, comenzando así su reinado en 1843. Además, junto a su marido, inició negocios relacionados con la sal, el ferrocarril y otros muchos en que hizo valer su influencia y era de dominio público que no había proyecto industrial en el que la Reina madre no tuviera intereses. Como consecuencia, María Cristina se ganó más antipatía del pueblo y en 1854 fue expulsada de España y le fue retirada la pensión vitalicia que previamente le habían concedido las Cortes.

Permaneció en Francia el resto de su vida y sólo volvió a España cuando su nieto Alfonso XII ocupó el trono, si bien con la limitación de no poder instalar su residencia definitiva en el país. Como curiosidad, cabe destacar que ni su hija ni su nieto tuvieron buena relación con ella, debido a que no vieron con buenos ojos su segundo matrimonio con el inefable Agustín Fernando Muñoz, un advenedizo a la Corte con quien tuvo 8 hijos. De este personaje escribí en otra ocasión. 

Con 72 años, en 1878, murió Maria Cristina en el exilio, en Sainte-Adresse, localidad francesa del Canal de la Mancha, y años más tarde fue enterrada en el Panteón de los Reyes de El Escorial.

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