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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Sefarad

Edicto de Granada
"Siempre llevo a Sefarad en mi corazón". Esta frase la escuche a un sefardita griego en Atenas, que nos guió en la visita a la Acrópolis y después nos acompañó a cenar en el barrio de Plaka. Conocía bien España y visitaba con frecuencia Barcelona y Toledo. Había recorrido varias aljamas de la península, entre otras la de Tudela.

Sefarad significa "España" en lengua hebrea y en la tradición judía, al menos desde la época medieval. Del término Sefarad toman su nombre los sefardíes, descendientes de los judíos originarios de España y Portugal que vivieron en la península ibérica hasta 1492. Se calcula que en la actualidad, la comunidad sefardí se compone de unos dos millones de integrantes, la mayor parte de ellos residentes en Israel, Francia, Estados Unidos y Turquía. También en Sudamérica hay un número relevante de judíos sefardíes que acompañaron a los conquistadores españoles y portugueses y así se libraron de las persecuciones en España.

El Edicto de Granada fue un decreto promulgado en la Alhambra el 31 de marzo de 1492 por los Reyes Católicos, Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, en el cual se obligaba a todos los judíos de la península Ibérica a convertirse al catolicismo o ser expulsados, en un plazo que terminaba el 10 de julio de 1492. Fernando el Católico firmaba otro para el reino de Aragón. Ambos tenían su origen en un mismo borrador redactado por Tomás de Torquemada, inquisidor general en España, y en 1498, Navarra se sumó a los decretos de expulsión.
"Hemos decidido ordenar que todos los judíos, hombres y mujeres, de abandonar nuestro reino, y de nunca más volver. Con la excepción de aquellos que acepten ser bautizados, todos los demás deberán salir de nuestros territorios el 10 de julio de 1492 para no ya retornar bajo pena de muerte y confiscación de sus bienes".
A esas alturas, la población judía optó mayoritariamente, por la expulsión, aunque también hubo numerosas conversiones a fin de conservar su ciudadanía y sus bienes. Estos "nuevos cristianos" siempre resultaron sospechosos de practicar su religión a escondidas y muchos fueron acusados, a veces sin fundamento, ante la Inquisición. El judaísmo hispano quedó, en su nueva diáspora, dividido y disperso, porque fueron muchos y diferentes los lugares de destino. Los más afortunados, encaminaron sus destinos hacia tierras de Italia, en muchas de cuyas ciudades se instalaron, unos de forma definitiva, otros de paso hacia comunidades del Imperio Otomano. Otros, menos numerosos, eligieron destinos de Inglaterra y Flandes principalmente. En unas y otras zonas, aquellos exiliados de España debían, aunque con cierta tolerancia, simular ser cristianos por cuanto el judaísmo estaba también prohibido en casi toda Europa.



La historia judía en España


Según algunas fuentes, se asocia a Salomón con expediciones marítimas por el Mar Rojo y el Mediterráneo, en barcos construidos por fenicios, que ya en el siglo IX a.de C. establecieron rutas comerciales en el Mediterráneo oriental y que poco después habrían alcanzado las costas de Iberia, la Tarsis citada por los textos bíblicos.

En la revuelta judía contra los romanos del general Tito, cae el Templo de Jerusalén, en el año 70 d.C. y se inicia la diáspora judía que se acrecienta en otra rebelión del año 135 d.C. Desde entonces los judíos se dispersaron por todo el Imperio Romano y posteriormente por el mundo, encontrándose en casi todos los países. Sin duda, numerosos judíos llegaron a Hispania en esa época y así, en el siglo II de la Era Cristiana, aparecen los primeros vestigios arqueológicos de una cultura propiamente judía.

A la llegada de los visigodos, los judíos contaron con su tolerancia, pero la conversión a la fe cristiana de Recaredo, en el III Concilio de Toledo, supone el comienzo de las persecuciones bajo las monarquías católicas: Sisebuto expulsa a los judíos del reino, Egica los persigue y separa de los cristianos y Chintilla obliga a los judíos de Toledo a abjurar de los ritos y prácticas de su fe. Los niños judíos eran separados de sus padres para ser educados como cristianos.

La invasión musulmana liberó a los judíos de la opresión visigoda y el gobierno árabe trajo una época de florecimiento para la judería española, pero con la caída del Califato Omeya en el año 1031 y la aparición de los reinos taifas, comenzó de nuevo la persecución de los judíos. Sin embargo, la prosperidad que habían disfrutado bajo el Califato cordobés y la influencia de la cultura árabe sobre ellos, les había permitido destacarse como hombres de ciencia y como figuras literarias, pero especialmente como médicos. El contacto abierto con el Oriente y el Occidente produjo un tipo de judío con conocimientos amplios y que podía ser simultáneamente poeta, médico, científico y filósofo. La cima del pensamiento judío de todas las épocas, fue el cordobés Rabbi Moshe ben Maimon, Maimónides. A pesar de haber pasado la mayor parte de su vida fuera de España, siempre se considero sefardí, es decir, español. Sus obras filosóficas iban a influir sobre todos los grandes pensadores de la Edad Media. En 1190 escribió su obra mas importante, «La guía de los perplejos», en la cual armoniza la fe con la filosofía, el hombre con la divinidad.

Hasta la caída del Califato son pocas las comunidades judías en los reinos cristianos. La salida de judíos de Al-Andalus se incrementa durante los siglos X y XI y el papa Alejandro II aconseja a los obispos que sea respetada la vida de los judíos. Las convulsiones que sufren los reinos Taifas empujan a los judíos hacia los reinos cristianos del norte. La política de favor iniciada por Alfonso VI, tuvo como consecuencia la intervención de numerosos judíos en la administración del reino e incluso su participación en la guerra junto al rey de Castilla.

Toledo será el crisol de tres culturas y tres religiones: cristiana, musulmana y judía. En los siglos siguientes, los judíos siempre están presentes en la vida de los reinos cristianos, haciendo importantes aportaciones a la cultura en terrenos tan variados como las matemáticas, la medicina, la filosofía o la traducción de idiomas. Alfonso X el Sabio se rodeó de intelectuales judíos pero aún así, en las Cortes de Valladolid y Sevilla aparecieron leyes discriminatorias para los hebreos.

A principios del siglo XIV, en 1313, el Sínodo de Zamora impuso la opinión de los sectores más radicales de la Iglesia resucitando las prescripciones del Concilio de Letrán y prohibiendo a los judíos ser médicos de cristianos. En 1348, los estragos de la Peste Negra fomentan el odio antisemita y los judíos son acusados falsamente de su propagación. Por último, la victoria de Enrique de Trastámara sobre su hermano Pedro I trajo graves consecuencias para los judíos castellanos y aumentó la presión sobre ellos, avivada por un ambiente de hostilidad que desembocó en las matanzas de final del siglo XIV.

El año 1391 ve desatarse las crueles e injustas matanzas que asolan las juderías de Castilla, Cataluña y Valencia, en las que perecen miles de judíos. La presión antijudía arrecia con violencia en el siglo XV y se obliga a los judíos a llevar distintivos en la ropa. Las predicaciones de san Vicente Ferrer, la disputa de Tortosa entre judíos y cristianos y la Bula de Benedicto XIII, el papa Luna, contra los judíos, aceleran la destrucción del judaísmo español. En 1476 se establece el Tribunal de la Inquisición en Sevilla. Siete años más tarde, fray Tomás de Torquemada es nombrado Inquisidor General. Las persecuciones habían producido una oleada de conversiones forzosas pero los conversos siempre eran sospechosos para la Inquisición.

La Toma de Granada. Oleo de Francisco Pradilla

Los Reyes Católicos, endeudados en la guerra de Granada, habían aceptado financiación del Rabino Mayor del reino, un judío converso, lo que no les impidió firmar el 31 de marzo de 1492 el Edicto de Expulsión. Las súplicas de Isaac Abravanel en favor de sus hermanos fueron rechazadas por los monarcas. La política del reino basada en la unidad dinástica, el poder real y la unidad religiosa se apoyó en la Inquisición para conseguir la conversión de los judíos. Todos aquellos que no aceptasen el bautismo deberían abandonar España en el plazo de cuatro meses dejando todos sus bienes. Unos 100.000 judíos abandonaron España. Se distribuyeron principalmente por Grecia, Turquía, Palestina, Egipto y Norte de Africa. 

Sus descendientes son los sefardíes, que conservan aún el idioma de Castilla, tal como se hablaba en el siglo XV. En su diáspora por todo el Mediterráneo, siempre mantuvieron en su imaginario dos nombres: Sefarad y Jerusalén.


Ahora, todos aquellos descendientes de judíos que fueron expulsados de nuestro país en 1492, podrán adquirir la nacionalidad española de forma automática, siempre que acrediten su condición, ya sea por apellidos, idioma, descendencia o vinculación con la cultura y costumbres españolas, de acuerdo con una nueva disposición, que han presentado en la Casa Sefarad-Israel de Madrid los ministros de Justicia y de Exteriores, del gobierno español.

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