Google+ Aislado en este planeta: Humillación a la Gran Bretaña

jueves, 15 de agosto de 2013

Humillación a la Gran Bretaña

El almirante cojo, tuerto y manco que derrotó a la Armada inglesa


Esta historia es poco conocida en España donde el agradecimiento a nuestros héroes siempre ha sido escaso y menos conocida aún en Inglaterra donde las derrotas se procuran ocultar. Pero la traigo a cuenta del permanente chuleo al que nos someten los británicos y concretamente de los incidentes recientes en Gibraltar, para recordar que no siempre se han salido con la suya.

Retrato de Blas de Lezo. Museo Naval

El protagonista es D. Blas de Lezo y Olabarrieta, almirante de la marina española que durante el siglo XVIII contó todos sus combates como victorias. Luchó contra los holandeses, contra los ingleses, contra los piratas del Caribe y contra los berberiscos y jamás fue vencido ni se rindió ante nadie. Claro que el tremendo valor de nuestro personaje y sus victorias tenían un precio grabado en su maltrecho cuerpo, al que le faltaba una pierna, un ojo y parte de un brazo, consecuencias de las cruentas batallas libradas y por ello sus hombres le apodaron "mediohombre" y "patapalo".

El almirante D. Blas de Lezo y Olabarrieta había nacido en Pasajes (Guipúzcoa) en 1689, de familia marinera y educación francesa e ilustrada, Blas de Lezo se enroló en la marina francesa con tan solo 12 años y llegó a participar en la Guerra de Sucesión española (1701 – 1713) en el bando de Felipe d’Anjou y fue durante esta guerra, en 1704, cuando en un combate frente a las costas de Vélez-Málaga, una bala de cañón le destrozó la pierna izquierda que tuvo que ser amputada de urgencia por debajo de la rodilla.

Poco después, en 1707, en el asedio de Toulon, puerto cercano a Marsella, combatió en tierra firme contra las tropas de Eugenio de Saboya. En este enfrentamiento y tras un cañonazo contra la fortaleza que defendía, una esquirla impactó en su ojo izquierdo dejando tuerto a nuestro protagonista.

Las heridas en combate prueban el valor de un hombre y por ello, en 1713 es nombrado capitán de navío. Con su nueva graduación, participó el año siguiente en el asedio a Barcelona, donde recibió un balazo de mosquete en el antebrazo derecho que dejó la extremidad sin apenas movilidad. Así nos encontramos al capitán Blas de Lezo con 25 años, cojo, tuerto y manco.

En los años siguientes continuó con su carrera de hazañas temerarias y pruebas de valor. Apresó numerosos navíos británicos, participó en numerosos combates y misiones como la defensa de Peñiscola y de Palermo y al final de la contienda participó en la reconquista de Mallorca, a la que rindió sin un solo disparo.

Hacia 1720 se integra dentro de una escuadra hispano-francesa con el cometido de limpiar de corsarios y piratas las costas del Perú. Obtuvo numerosos apresamientos y también contrajo matrimonio en la ciudad de Lima. A su regreso en 1730 y con el nombramiento de general, comenzó su campaña mediterránea con el asedio de Génova para reclamar una deuda de dos millones de pesos que fueron pagados sin rechistar ante la dureza y el temor que infundía la presencia de Blas de Lezo.

Persecución del navío inglés Stanhope
En 1732, comandó una expedición a Orán, financiada con el dinero genovés, con 54 buques y 30.000 hombres y rindió la ciudad, si bien en los meses siguientes tuvo que mantener numerosos enfrentamientos con los piratas argelinos para evitar que reconquistaran la ciudad y que recibieran refuerzos de los turcos, hasta que una epidemia lo forzó a regresar al puerto de Cádiz.

Siguieron varios años de ejemplar servicio en el Mare Nostrum que el rey recompensó con el ascenso en 1734, a teniente general de la Armada. Recibió el encargo de regresar a América en 1737, como comandante general de Cartagena de Indias y es desde este momento cuando las acciones militares de Lezo le hacen pasar a la Historia de España.

En 1739 Inglaterra declara la guerra España, -la llamada guerra de la oreja de Jenkins-, debido a que Julio León Fandiño, capitán de un guardacostas español, interceptó el "Rebbeca" del contrabandista Robert Jenkins perdonándole la vida pero a cambio le hizo cortar una oreja, después de lo cual le liberó con este insolente mensaje: "Ve y dile a tu Rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve". El escándalo en Inglaterra fue mayúsculo ante esta ofensa a su orgullo y fue el pretexto perfecto para declarar la guerra, que en realidad estaba motivada por la avaricia de los comerciantes ingleses. Así planean el ataque al imperio español comenzando por Cartagena de Indias, conocida como "la llave del Imperio", plaza fortificada por la que circulaban la mayor parte de las mercancías y el oro de América.

Tal fue el enfado del monarca Jorge II al recibir la noticia de Jenkins y de su oreja, que ordenó la construcción de la mayor flota naval conocida hasta ese momento en la historia, contando con 60 navíos más que la tristemente conocida como Armada Invencible de Felipe II. Tras talar innumerables hectáreas de bosque británico, la enorme flota quedó compuesta por 186 barcos con 2.000 cañones, además de 1.300 cañones de tierra y más de 23.000 combatientes entre marinos, soldados, esclavos negros macheteros de Jamaica y 4.000 reclutas de Virginia. La gran escuadra puso rumbo al Caribe al mando de Sir Edward Vernon, el mejor y más admirado almirante de la marina británica de la época.

La moneda de la falsa victoria de Vernon
Tras un comienzo arrollador por parte de la armada inglesa con la victoria de Portobello (Panamá), Vernon decide poner rumbo a Cartagena. Tras dos ataques previos, infructuosos y más bien de reconocimiento, es el 13 de marzo de 1741, cuando la enorme flota británica se dispone a tomar la ciudad española gobernada por el Virrey Sebastián de Eslava, de origen navarro, y defendida por 3.000 hombres, 6 navíos de guerra y 990 cañones a las órdenes del almirante Blas de Lezo, que en previsión del ataque, había reforzado las defensas de la ciudad en los meses anteriores. Ante esta diferencia tan notable de efectivos y envalentonado tras el resultado de Portobello, el propio Vernon envió un barco con destino a Londres para informar al rey de la toma de Cartagena y de la derrota de Lezo. En medio del júbilo de la noticia, se acuñaron en Londres monedas y medallas conmemorativas de la victoria británica en cuya leyenda se lee: "El almirante Vernon tomando la villa de Cartagena" y "El orgullo de España humillado por el almirante Vernon".

Pero la historia aún no estaba escrita y Vernon se había precipitado enviando ese navío, a juzgar por el devenir de la contienda. Sabedor de su inferioridad, Lezo hubo de aplicar toda su astucia y su dilatada experiencia militar. Tras resistir un bombardeo de 16 días, los británicos debían tomar Cartagena al asalto pero Lezo sabía como detenerlos. En primer lugar ordenó hundir los 6 barcos de guerra que tenía en la bocana del puerto, para impedir que los navíos ingleses pudieran avanzar por allí y salvaguardar así la única zona sin muralla de la ciudad. De este modo obligaba a los británicos a tomar la ciudad con la infantería. Ante eso Lezo ordenó excavar una zanja delante de toda la muralla defensiva, de modo que cuando los ingleses llegaron con sus escalas, estas eran insuficientes para alcanzar la parte más alta del muro y quedaron a merced del fuego de los defensores. Intentaron el ataque por la retaguardia, es decir desde la selva, pero algunos soldados contrajeron la malaria y tuvieron que desistir. Al mismo tiempo que los ingleses iban encontrando estas dificultades, los cañones españoles diezmaban las tropas y navíos británicos. Una de las últimas lecciones de Lezo en esta batalla fue conducir a las tropas británicas a un estrecho paso que daba acceso a la ciudad en el que apenas 300 soldados españoles acabaron con más de 1.500 ingleses y se hicieron con los pertrechos que abandonaron los sitiadores tras la huida.

Estatua de Blas de Lezo frente al Castillo de San Felipe en Cartagena,
la mayor fortaleza colonial de Hispanoamerica
Vernon no tuvo más remedio que retirarse a los barcos. Ordenó durante treinta días más un continuo cañoneo, ya que todavía no aceptaba la derrota. Sin embargo, las enfermedades y la escasez de provisiones empezaban a hacer mella en lo que quedaba de tropa. Finalmente, el Alto Mando británico ordenó la retirada, de forma lenta y sin cesar de cañonear. Las últimas naves partieron el 20 de mayo. Tuvieron que incendiar cinco de ellas por falta de tripulación. Más deshonrosa sería para Vernon su vuelta a Inglaterra con la noticia de su derrota cuando por Londres ya circulaban las monedas de esa victoria que nunca ocurrió. Fue entonces cuando el Rey Jorge II decidió recuperar cuantas monedas pudo y emitió una ley por la que quedaba prohibido hablar ni escribir sobre esa derrota, bajo pena de horca.

Gracias a esta gran victoria de Blas de Lezo en Cartagena, el dominio español en el sur de América se mantuvo durante muchas décadas. España le debe eterno reconocimiento por su talento y lealtad haciendo posible que ahora más de 350 millones de americanos hablen español.

Blas de Lezo murió pocos meses después en Cartagena tras contraer la peste que se declaró a causa del enorme número de cadáveres que se acumulaban en los alrededores de la ciudad. A día de hoy, Blas de Lezo está enterrado en una tumba sin nombre en Cartagena de Indias, mientras que el almirante Vernon, expulsado de la marina tras su humillante derrota, se encuentra enterrado en la Abadía de Westminster como un héroe del Imperio Británico con el siguiente epitafio: "...en Cartagena venció hasta donde le permitieron los elementos". ¡Admirable habilidad británica para convertir una sonora derrota en una medio victoria!.

Vista actual de Cartagena de Indias (Colombia)

En 2005 los ingleses celebraron el 200 aniversario de su victoria en la batalla de Trafalgar. Estaban invitadas las armadas de todo el mundo y España envió un portaaviones y… la fragata "Blas de Lezo". No estuvo mal el detalle.

1 comentario:

  1. La historia completa y rigurosa en www.labatalladecartagenadeindias.com

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