Google+ Aislado en este planeta: Cuento de Navidad

lunes, 30 de diciembre de 2013

Cuento de Navidad

Aunque llovía ligeramente, cruzó la calle dando saltos, como Gene Kelly en "Cantando bajo la lluvia", pero sin paraguas. Estaba contento. Acababa de tomarse una lata roja (chispa de la vida), con los amigos en un bar y todo le sonreía. No por nada en especial sino porque tenía todo a su alcance. Vivía en un mundo donde podía hacer realidad cualquier deseo con suma facilidad.

Desde siempre era asiduo del Gran Edificio de los Sueños, un lugar donde ya es navidad en octubre y la primavera llega en enero. Y lo mejor es que está abarrotado de artículos imprescindibles que puedes conseguir gracias a una tarjeta, que te identifica como miembro de la sociedad feliz.

Encaminó sus pasos hacia el interior y observó que las mujeres le sonreían. Las más bellas y las más deseadas estaban allí y todas mirándole con su sonrisa más pícara desde los carteles de la sección de perfumería. Ya había experimentado esa sensación antes, cuando notó que le seducía de forma muy sensual la mismísima Scarlett Johansson asomada a la contraportada del Hola, tentándole con un perfume afrodisíaco e irresistible.

En el gran edificio siempre se habían hecho realidad sus mejores sueños, como aquella vez que se llevó, casi de regalo, el crucero de su vida, un viaje inolvidable que le puso a la altura de los potentados de la tierra y que pudo adquirir gracias a las facilidades de pago en 30 cómodos plazos. También allí se había equipado completamente para su actividad favorita que era el esquí alpino, deporte que había practicado ya en más de tres ocasiones pero que tenía un poco abandonado en beneficio de su otra gran pasión actual, que era el golf.

Decidió que tenía que pertrecharse para las fiestas y se abrió paso entre las bolas de cristal, las luces y los hombres gordos de rojo que le deseaban una mayor felicidad si cabe, para entrar en la sección más "gourmet" y adquirir los vinos recomendados por los expertos y algunas burbujas de la felicidad de origen francés. Un poco caros pensó, pero a su alcance, porque, qué sentido tiene la Navidad sin unos caprichos.

Acudió después a la librería con el fin de hacerse con el último best seller, en electrónico naturalmente, y decidió que tenía que ser multiformato para que le funcionara tanto en el ibuk como en el aipad y el esmarfon, además del ordenador y la HDTV pues un auténtico "geek" tiene que cuidar estos detalles. De nuevo utilizó su tarjeta mágica.

Era una maravilla aquel lugar donde se podían ver y tocar y por supuesto adquirir, todos los objetos anunciados por los medios de masas, pero tenía poco tiempo para tan vasta tarea, así que salió de aquel zoco y fue en busca de su coche percatándose de que en breve tendría que cambiarlo. Era fascinante la innovación en los vehículos, según los fabricantes y además ahí estaba el plan PIVE y las cartas de la DGT invitando al cambio. Todo sea por la economía del país, pensó, aunque mirándolo bien, esperaría a tener un trabajo más estable. O no, ¿por qué te vas a privar?

Con estos pensamientos condujo hasta su casa, un bonito adosado a seis kilómetros del centro, que adquirió inducido por aquella campaña de familia feliz con perro en el jardín, donde disfrutaba de la vida idílica del campo, después de su jornada de diez horas. Estaba satisfecho porque sería la herencia de su hijo, junto con el resto de la hipoteca a 35 años. Iba pensando que la casa resultaba un poco cara en consumo eléctrico y calefacción. Menos mal que se anunciaba una bajada, hacia arriba, del recibo de la luz de un 11%. El confort tiene un precio, se dijo para sus adentros.

Aquella noche tuvo pesadillas y comenzó a sentirse mal. Una rara sensación en el estómago, vértigos y la cabeza que le daba vueltas. Mañana veremos al médico, le tranquilizó su mujer. Acudieron a la clínica privada a la que se habían inscrito con una póliza fantástica de un euro al día, (visitas e intervenciones aparte) y tras un somero examen, el doctor emitió su veredicto: padece de Publicitosis, una enfermedad bastante reciente, que avanza sin control y amenaza con convertirse en endémica en las sociedades modernas.

Y además les anunció con tono circunspecto, que para su tratamiento sólo se conocen dos remedios, a saber: el ingreso en un monasterio del Cister, haciendo los votos correspondientes o perderse en una isla desierta, naturalmente incomunicada, permaneciendo allí un mínimo de diez años. Como paliativo de sus síntomas y a la espera de que adoptara una decisión, le aconsejó que se tomara cada día, varias latas rojas de la felicidad.


¡ que el Año Nuevo os colme de salud y os haga felices !

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