Google+ Aislado en este planeta: El griego de Toledo

sábado, 29 de marzo de 2014

El griego de Toledo

El expolio de Cristo
No me gusta especialmente este pintor, aún después de haber visto buena parte de sus lienzos, pero con motivo de la celebración este año, del IV centenario de la muerte del Greco, he escuchado y leído algunas opiniones sobre su figura y su obra, que han despertado mi interés y mi consideración por este artista.


Este año, entre otros actos, se exhibe en Toledo la más relevante colección de obras del pintor cretense que ha habido nunca, ya que en seis espacios monumentales de la Ciudad Imperial, estará expuesta una muestra de 125 pinturas de las más de 300 salidas de su mano dispersas por el mundo, aunque la mayor parte de su obra se localiza en España.


El Greco es el nombre por el que popularmente se conoce a Doménikos Theotokópoulos, un artista con múltiples influencias a caballo entre el Renacimiento y el Manierismo. Nació en 1541 en la localidad de Candía, en la isla de Creta, que en aquel momento pertenecía a la República de Venecia. Posiblemente su familia era católica y culta ya que proporcionaron al joven Doménikos una amplia formación humanística y religiosa. Posiblemente se formó en un taller de iconos y también tuvo contacto con los mejores pintores de la isla, de modo que pronto se situó en una destacada posición entre los artistas locales, logrando el status de "maestro" hacia 1563.
Pocos años después decidió salir de la isla para ampliar su aprendizaje. Hacia 1567, debió trasladarse a Venecia que en aquel tiempo era el mayor centro artístico de Italia. Eran los últimos años de actividad del gran maestro Tiziano y también coincidían en la ciudad artistas de la talla de Tintoretto, Paolo Veronese y Jacopo Bassano y al parecer, el Greco estudió su obra asimilando el gusto de la pintura renacentista y especialmente el Manierismo.

El entierro del Conde de Orgaz

Las lágrimas de San Pedro
La siguiente etapa del pintor es Roma a donde viaja con la intención de establecerse y recibir encargos. Entró al servicio de un importante mecenas romano, el Cardenal Alejandro Farnesio que le dio acceso al estudio de su biblioteca y sus obras, y pudo admirar la obra de Miguel Angel y otros artistas romanos, y además, fue admitido en la Academia de San Lucas como miniaturista. No hay constancia de que recibiera ningún encargo importante en esa época, pero allí conoció al que fue su primer valedor en España, don Luis de Castilla, un joven clérigo, hijo del deán de la catedral de Toledo. A raíz de este encuentro, Doménikos empezó a considerar su marcha a España, adonde llegó en 1577, pasando unos meses por la Corte madrileña para después trasladarse a Toledo, donde recibirá sus dos primeros encargos: el Expolio de Cristo y los retablos del convento de Santo Domingo el Antiguo. Pero la secreta ambición del artista era la posibilidad de participar en la decoración del monasterio de El Escorial, una oportunidad de oro para un joven pintor que venía de Italia, puesto que ya había comenzado la contratación de artistas para la decoración de tan imponente construcción.

No perdió el tiempo en Toledo y además de iniciar su carrera como pintor, formó familia con Jerónima de las Cuevas, con la que tuvo un hijo en 1578. Poco después en 1580, llegó un encargo de Felipe II consistente en dos obras: la Alegoría de la Liga Santa y el Martirio de San Mauricio, esta última para el altar mayor de la capilla escurialense. Estas obras no fueron del agrado del Rey Católico por lo que Doménikos, herido en su orgullo, decidió instalarse definitivamente en Toledo, ciudad donde triunfará el resto de su vida.

El soplón
Allí contará con la protección de un importante número de personajes cultos e influyentes, que le encargarán sus obras más espectaculares, estableciendo relaciones de amistad con la mayor parte de ellos. En la Ciudad Imperial formó el Greco su próspero taller, dedicándose a la elaboración de cuadros y el diseño de retablos. Su técnica avanza y sus personajes se hacen cada vez más estilizados, con figuras desproporcionadas, colores violentos y vibrantes, y fuertes escorzos que consiguen calar en la mística sociedad toledana. A pesar de las numerosas hipótesis acerca de las formas y colores de su obra, el Greco pintaba con tan personal estilo porque era de su agrado y también del de su clientela. Esto explicaría por qué los precios cobrados por sus obras eran elevados para lo que acostumbraban a pagar los clientes españoles.

Doménikos falleció en Toledo el 7 de abril de 1614 a la edad de 73 años, según consta en la partida de defunción que se encuentra en la parroquia de Santo Tomé. Se sabe que fue enterrado en la iglesia del convento de Santo Domingo el Antiguo, en un altar cedido por las monjas "para siempre jamás" a cambio de 32.000 reales.

El Greco cayó en el olvido muy pronto tras su muerte y fue considerado como un pintor de segunda fila, un tanto curioso, hasta bien entrado el siglo XIX. Además, se decía que sus últimas obras probablemente fueran producto de la locura o de algún problema de la visión, y todavía hacia 1900 sus cuadros tenían muy baja cotización. Sin embargo, gracias a pintores del XIX como Delacroix o Millet y también Zuloaga o Rusiñol, y a algunos literatos de la generación del 98, además de los reconocimientos de organismos europeos y americanos vinculados al arte, se produjo un resurgimiento de su figura que culminó con la creación del Museo del Greco en Toledo y la celebración de su III centenario en 1914.

El sueño de Felipe II (Alegoría de la Liga Santa)


Definitivamente, el Greco se puso de moda y alcanzó definitivamente su reputación como gran artista universal al que se atribuye una importante influencia en la obra de otros genios como Cézanne, Manet, Renoir y Degas. Se dice que en sus obras, incluso se aprecian rasgos premonitorios del arte moderno y de las vanguardias del siglo XX.

Si Toledo ha sido siempre un destino apetecible, este año de celebraciones adquiere sin duda un atractivo especial, recomendable en cualquier momento del año.


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