Google+ Aislado en este planeta: Llamando al 112

viernes, 30 de mayo de 2014

Llamando al 112

Afortunadamente vivimos en un país desarrollado, lo que no significa que todo el mundo sea civilizado y menos aún que sea cívico. En fin, son matices que hoy no vienen a cuento.

Ayer tropecé, me caí y me di una toña impresionante. Estaba en Sangüesa, dedicado a la jardinería pensando que no es una actividad de riesgo, pero me equivoqué. Si te pones a hacer equilibrios en un sitio resbaladizo, te puedes caer y eso me ocurrió. Golpe seco en la espalda contra el cemento y el mundo que se empieza a mover de forma anómala. Además, dolor en el pecho y dificultad para respirar con lo que eso asusta. De modo que a llamar al 112 y que me saquen de esta.

Así es como pude comprobar de primera mano, cómo funciona el sistema de emergencias, lo que era una novedad para mí y además, vivirlo en primera persona, o sea de protagonista.


Una maravilla, de verdad, una maravilla. Doce personas dedicadas en diversas etapas a sacarme del apuro. Primero la ambulancia con dos eficientes asistentes sanitarios y simultáneamente dos médicos del centro de salud que acudieron al lugar en menos de 15 minutos. Primera evaluación de daños, pulso, tensión arterial, cardiograma, y un calmante en vena. A pesar de que no se aprecian daños mayores, vamos a urgencias con el paciente, no vaya a ser que se nos pase algo por alto.

Y ahí me veo yo en posición de decúbito supino, reglamentariamente sujeto, viajando a gran velocidad a Urgencias y siempre controlado por la eficiente sanitaria que observaba mis constantes básicas. Apoteósica la entrada en Pamplona con luces y sirenas incluidas. Me consta que desde la calle alguien se preguntó por el desgraciado que hacía semejante viaje. Es lo que yo suelo pensar cuando veo esa escena.

A la llegada a Urgencias el primer movimiento es el traspaso de camilla. ¡Que manejo y que experiencia!. Me vi transportado como una pluma a otro vehículo de más categoría y después deslizado por los pasillos con celeridad. En este trayecto, una imagen quedó en mi retina; una fila interminable de fluorescentes iban desfilando ante mis ojos que se habían convertido en una cámara fija mirando al techo.

La sala de espera con diversos sufrientes, me hizo presagiar una demora inaguantable. Pero no, en cinco minutos volvía a estar en movimiento hacia la consulta de la doctora Urtasun. Preguntas de rigor, nuevas mediciones de constantes y envío a radiología. Otro camillero, una auxiliar de preparación y el maquinista del ingenio que te chorrea con una dosis de rayos X, aquel invento antiguo del doctor Roentgen.

Cuatro placas después y un rato de espera, antes de volver a la consulta donde la simpática doctora me confirmó el diagnóstico: una costilla rota con dos incisiones. No mucho pero lo suficiente para rebajar mis expectativas, porque para esa hora y con los dolores calmados yo me las prometía felices y sin consecuencias. Menos mal que la doctora se apiadó de mí y aunque el protocolo sugería el ingreso en planta para observación, accedió a enviarme a casa, decisión inteligente que yo aplaudí porque, ya se sabe, como en casa en ninguna parte.

Así que hacia las doce de la noche volví a ser un ciudadano de a pie aunque, eso sí, algo tarado y dolorido. Gracias que los modernos fármacos pueden con todo, así que con una dosis adecuada de Nolotil, conseguí dormir mal que bien, toda la noche.

Llegados a este punto es la hora de los agradecimientos. Primero al personal sanitario que me atendió con una profesionalidad que te hace sentir como si fueras su paciente favorito. Después a todos los que se han interesado por mi percance que sin necesidad de publicarlo en las redes sociales, corrió como la pólvora y me hizo sentir arropado por los que sin duda me aprecian. Gracias a todos.

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