Google+ Aislado en este planeta: La expedición Malaspina

martes, 26 de agosto de 2014

La expedición Malaspina

En el siglo XVIII, con la llegada de los Borbones al trono español, comenzaron una serie de expediciones científicas de diversa índole protagonizadas por marinos e investigadores de la época a bordo de buques de la marina española. Fue el siglo del naturalismo moderno cuando las potencias europeas, a las que España quería imitar, afianzaron su conocimiento geográfico y natural del mundo, llegando, estudiando y cartografiando los lugares más recónditos del planeta.

Alessandro Malaspina
Estas expediciones a los dominios coloniales, fueron fruto de un afán culto de la ilustración borbónica que además de los objetivos científicos, buscó la delimitación de fronteras de las colonias, el control de la expansión de otras potencias imperiales, el desarrollo del comercio, la represión del contrabando y el desarrollo de la cartografía. Los componentes de las expediciones se escogían entre marinos, médicos, boticarios, naturalistas e ingenieros militares españoles, además de otro personal de apoyo como dibujantes y pintores que tenían la misión de ilustrar de forma gráfica la flora, la fauna y los mapas de los territorios explorados.

En octubre de 1788 el rey Carlos III aprueba el plan presentado por Alessandro Malaspina, un marino italiano al servicio de la armada española, con la intención de efectuar un viaje científico y político alrededor del mundo. Ahí comienza la exploración naval más audaz de cuantas patrocinase la Corona, que se conoce como expedición Malaspina.

Para el viaje, el proyecto contó con las corbetas Descubierta y Atrevida, al mando del propio Malaspina y del también capitán de fragata José Bustamante y Guerra. Los preparativos se efectuaron en un tiempo récord. Antes de un año las embarcaciones estaban dispuestas, la tripulación reclutada, contratados los naturalistas, comprados los pertrechos y adiestrada la oficialidad. El jueves 30 de julio de 1789 las naves que permanecían amarradas en el puerto de Cádiz, se hicieron a la mar. 

El rey Carlos III
Cincuenta y un días tardaron en avistar tierra americana. El 19 de septiembre fondearon en la rada de Montevideo. Allí encontraron amplios arroyos, hermosas alamedas e inmensas dehesas pasto de vacas y caballos, que rodeaban la ciudad cuyas calles sucias y mal empedradas no resultaban tan placenteras como la naturaleza de los alrededores. Desde Montevideo la expedición abandonó la jurisdicción del océano Atlántico, reconocieron la costa patagónica, las islas Malvinas y bordearon el cabo de Hornos. Ya en aguas del Pacífico, fondearon en los puertos de Concepción, Valparaíso, Coquimbo y Arica que fueron las plazas elegidas para el atraque de las embarcaciones. La región era una mina deslumbrante con yacimientos de oro, plata, cobre y mercurio, hacia donde dirigía su ávida mirada la Corona que había patrocinado el viaje.

La navegación prosiguió, atracaron en el puerto del Callao a finales de mayo. Aprovecharon la mala climatología para administrar un merecido descanso. Compraron víveres, repararon las naves, ordenaron el material científico, y exploraron la región. El 20 de septiembre las corbetas volvían a navegar. Guayaquil, Panamá y Nicaragua eran los siguientes destinos en un litoral adornado con majestuosos volcanes. Las embarcaciones viajaron separadas para acelerar los reconocimientos, pero sufrieron retrasos causados por los continuos periodos de calma. Acapulco sería la próxima cita por poco tiempo, pues marcharon sin dilación para reconocer la costa noroeste americana, hasta Alaska, buscando el paso interoceánico descrito en el viaje de Ferrer Maldonado, allá por 1588. El mítico estrecho de Anián o paso del Noroeste, no existía. De hecho, no ha sido hasta el siglo XXI cuando un barco ha logrado hacer esta ruta del Océano Ártico por el norte de Canadá.

El Cabo de Hornos en el extremo austral de América

Mientras las corbetas navegaban las gélidas aguas del noroeste, una comisión de naturalistas disfrutaba del calor mejicano recorriendo Petaquillas, Chilpancingo, Tasco, Cantarrana, Mochitlan, Méjico, Cuernavaca, Guadalupe, Puebla, y tantos otros lugares. A finales de noviembre la expedición se reagrupa en Acapulco dispuestos a internarse en el Pacífico y reconocer las islas Marianas y Filipinas, donde pasaron la estación monzónica. Viajaron luego a Nueva Zelanda y Nueva Holanda; y llegaron a las islas de los Amigos (archipiélago de Tonga), disfrutando de un paradisíaco descanso agasajados por los nativos.

Mapa de la expedición Malaspina

Cuando amanece el 1 de julio de 1793 las embarcaciones izan velas de regreso a España. El viaje finalizará recorriendo los diferentes paralelos de América meridional, corrigiendo posibles errores cartográficos. Mediado febrero de 1794, avistaron nuevamente Montevideo, puerto donde se unieron al convoy de Lima para realizar, junto a la fragata de guerra Gertrudis, la travesía hasta Cádiz en previsión de algún contratiempo bélico con la armada francesa. Transcurridos cinco años de navegación, el 21 de septiembre de 1794 las corbetas regresaron al puerto gaditano. No dieron la vuelta al mundo pero exploraron detenidamente tierras y mares de América, Asia y Oceanía.

El final de la historia fue dramático para Alejandro Malaspina. Reconociendo sus méritos, en 1795 fue nombrado brigadier, pero junto al ascenso, crecieron sus ambiciones políticas e intentó hacer llegar al rey, junto con el informe de su viaje, un plan de gobierno alternativo, en el que se mostraba crítico con las instituciones de la Corona española en las colonias americanas y abogaba por concederles una amplia autonomía. Las críticas sentaron como un tiro al gobierno y Malaspina, decepcionado, se unió a las conspiraciones para derribar a Godoy, el valido de Carlos IV


La expedición trajo numerosos grabados y mapas del nuevo mundo

El rey influido por el reciente estallido de la Revolución francesa, dio carpetazo a cualquier intento de reformismo y optó por una política conservadora y represiva. En ese clima, Malaspina  poco tenía que hacer y en un juicio de dudosas garantías, fue acusado de traidor y revolucionario siendo condenado, en abril de 1796, a diez años de prisión en las mazmorras del castillo coruñés de San Antón. En 1803 la pena fue conmutada por el destierro a Italia, trasladándose a Génova. Falleció en Pontremoli el 9 de abril de 1810. Un vergonzante proceso político puso colofón al episodio viajero más destacado de aquel siglo. 

Su caída en desgracia también supuso el olvido de su obra, tirando por la borda los años de duro trabajo de aquellos científicos y aventureros. Y ¿quien se aprovechó de aquel despropósito?, pues los ingleses, que a través de la British Library adquirieron toda la documentación cartográfica de aquella expedición.

En España, los documentos de Malaspina, fueron guardados e ignorados durante más de dos siglos en el Real Jardín Botánico, el Museo de Ciencias Naturales y el Museo Naval de Madrid y se han comenzado a rescatar en los últimos años, sobre todo al organizar la expedición conmemorativa Malaspina 2010, en el segundo centenario de la muerte del marino italiano.

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