Google+ Aislado en este planeta: Daños colaterales

sábado, 11 de octubre de 2014

Daños colaterales

España no participó como país beligerante en la primera Guerra Mundial, de la que se cumple un siglo, pero si sufrió los efectos de aquella contienda. Sin duda que nuestra neutralidad nos vino impuesta por la escasa relevancia de España en la escena internacional, ya que este era un país pobre, atrasado, con un ejército que se encontraba anticuado, casi sin armada de guerra y con suficientes problemas internos como para no resultar un aliado atractivo a ninguna de las potencias contendientes. De este modo, como nadie nos esperaba en aquella guerra, el presidente del gobierno, Eduardo Dato ordenó en un real decreto, en agosto de 1914, "la más estricta neutralidad a los súbditos españoles con arreglo a las leyes vigentes y a los principios del Derecho Público Internacional".

Enrique Granados retratado
 por  Ramón Casas
Por un lado la guerra tuvo una influencia positiva en la economía española ya que las exportaciones de todo tipo a los bandos combatientes fueron muy elevadas. Se desarrolló la marina mercante, la banca, la minería y la industria con dos focos principales en Cataluña y el País Vasco y el país tuvo un relevante protagonismo de todo orden por su ubicación estratégica en el escenario de la contienda. Entre los efectos nefastos del conflicto, España sufrió inestabilidad y desgaste de sus gobiernos, (hubo hasta siete a lo largo de la guerra), que desembocó en el fin del sistema nacido durante la Restauración. Alfonso XIII llegó a ver tambalearse su corona, subieron los salarios pero más aún los precios provocando inflación, los sindicatos cobraron una fuerza inusitada, que tuvo su máxima expresión durante la huelga general de 1917, y afloró el nacionalismo catalán en una Barcelona que, por razones estratégicas, se había convertido en centro del espionaje internacional.

A pesar de la neutralidad, también hubo algunos cientos de víctimas españolas, nada si se compara con los ocho millones de muertos de la guerra, mayoritariamente europeos. Una de nuestras ilustres bajas fue el pianista y compositor Enrique Granados y Campiña, conocido por sus Goyescas y sus Danzas Españolas que destacan en su completísimo repertorio. Su padre era militar, así que desplazó a su familia a sus diversos destinos como Lérida, donde nació su hijo Enrique en 1867, Santa Cruz de Tenerife, plaza en la que fue Gobernador Militar y por último Barcelona, a donde se retiró tras sufrir una caída de un caballo. La afición a la música de Enrique se reveló ya en su niñez y al llegar a la Ciudad Condal, estudió los primeros elementos de solfeo con el capitán José Junqueda, compañero de su padre.

Como el progreso del jovencisimo Enrique era tan rápido, sus padres buscaron la forma de proporcionarle estudios musicales más formales y así ingresó en la Escolanía de la Merced, dirigida por Francisco Jurnet; donde recibió lecciones de solfeo, piano y armonía. Vivió sus primeras experiencias como músico tocando en cafés de Barcelona pasando en aquella época bastantes apuros económicos después de la muerte de su padre. Pero la suerte le llegó de la mano del empresario catalán Eduard Conde, que decidió convertirle en el profesor particular de piano de sus hijos y también promocionó sus primeros conciertos. En 1886, con el apoyo incondicional de su particular mecenas, Granados decidió ir a París, consciente de que necesitaba perfeccionar sus conocimientos y relacionarse con otros artistas.

Una vez en la capital francesa, fracasó en su intento de ingresar en el conservatorio al enfermar de fiebre tifoidea, pero por otro lado tuvo la oportunidad de estudiar con el maestro Bériot, conocer a ilustres compositores como Debussy y Ravel, y entablar amistad con Isaac Albéniz, otro de los grandes músicos españoles al que ya conocía desde Barcelona.

Tras un par de años en París, Granados decidió volver a Barcelona, donde, entre otras cosas, participó en la creación del Orfeó Catalá. Es memorable su gran concierto en el Teatre Liric de Barcelona, donde estrenó varias de sus composiciones como Arabesca y algunas de sus Danzas Españolas e interpretó al piano obras de los grandes maestros  como Chopin, Beethoven, Mozart y Schubert. A partir del éxito de este concierto la popularidad de Granados fue en aumento hasta el final de su vida cosechando aplausos en numerosos escenarios españoles y europeos. 

De Francia le llegó el encargo de convertir las Goyescas en una ópera, para su representación en París. Al estallar la Gran Guerra de 1914, el proyecto se vuelve irrealizable y es entonces cuando recibe una invitación de Schirmer, el editor neoyorquino que pretende publicar la obra y representarla en Nueva York. Granados acepta la propuesta y se traslada con su esposa a América. 

Metropolitan Opera House de Nueva York en 1937

La representación de Goyescas, que tuvo lugar en el Metropolitan, el 28 de enero de 1916, constituyó un éxito que lanzó al músico a la fama y lo introdujo en los ambientes más selectos de la sociedad neoyorquina. En los días siguientes, Granados fue invitado por el presidente Wilson para tocar en la Casa Blanca. Al no poder rechazar tan importante ocasión, el matrimonio Granados tuvo que retrasar tres días su regreso a España lo que trastocó el plan de viaje previsto. En vez de regresar en el buque de bandera española Antonio López que hacía la línea Nueva York - Barcelona, organizaron el viaje en un barco holandés hasta Inglaterra con un transbordo en Folkestone para tomar el Sussex, un navío francés que les llevaría a Dieppe. Desde allí tomarían un tren con destino a Barcelona. El embajador de España, en un almuerzo de despedida, hizo ver a Granados el peligro de embarcarse en un navío de un país beligerante pero al músico le entraron las prisas y persistió en hacer la ruta mencionada.

Solo una mitad del Sussex pudo ser recuperada

La despedida a Granados en el Puerto de Nueva York, el 11 de marzo de 1916, fue muy emotiva, acudiendo al muelle muchos amigos y autoridades. También recibió una copa conmemorativa dedicada, con una importante suma de dinero en su interior. Desde Nueva York a Inglaterra la travesía se desarrolló sin problemas. Tras una breve visita a Londres, el 24 de marzo de 1916, embarcaron hacia Francia y al poco de partir, el Sussex fue descubierto por el submarino alemán UB-29, que al parecer lo confundió con un barco minador y le lanzó un torpedo que impactó en medio del casco, partiendo el barco por la mitad. Aunque en un primer momento, Granados se salvó subiendo a uno de los botes, su mujer cayó al agua y él se lanzó sin dudar a salvarla olvidando que era un pésimo nadador, de modo que el resultado fue una tragedia: ambos murieron ahogados en el Canal de la Mancha, junto con ochenta pasajeros más. Enrique Granados aún no había cumplido los 49 años.

Este fue el trágico episodio que conmocionó a la sociedad española. Uno más de los numerosos dramas que proporcionó aquella guerra de hace cien años, en la que todos se volvieron locos, atacando por todos los medios y en todos los lugares los intereses del enemigo, incluyendo de forma indiscriminada, a la población civil.



Granados fue un admirador de Francisco de Goya y del casticismo de sus obras

No hay comentarios:

Publicar un comentario