Google+ Aislado en este planeta: El Nobel español

martes, 20 de enero de 2015

El Nobel español

La ciencia española no ha conseguido un premio Nobel desde hace 55 años. E incluso nuestro último galardonado es discutible pues se trata del Dr. Severo Ochoa, Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1959, que a causa de su exilio político llevaba veinte años fuera de España y ya era ciudadano norteamericano desde hacía tres.

Si por esa razón descontamos al Dr. Ochoa, hay que retroceder hasta 1906 para encontrarnos con el único Premio Nobel de las ciencias españolas, D. Santiago Ramón y Cajal, descubridor entre otras cosas de las neuronas del cerebro. Así que serían 108 años sin que la ciencia española haya vuelto a recibir aquel reconocimiento. Si nos vamos a otras disciplinas, solamente en Literatura hemos tenidos escritores premiados con el Nobel, concretamente en cinco ocasiones.

D. Santiago Ramón y Cajal

¿Qué nos ocurre con los nórdicos? ¿Será que solo aprecian el sol y las playas de nuestro país?

Seguramente que no es eso. Más bien hay que fijarse en la lamentable realidad de que estamos atrasados y vamos a remolque de los países desarrollados. Las causas de este atraso son evidentes; España registra 71 patentes al año por cada millón de habitantes, más o menos como Croacia, Hungría o Ucrania que son países poco solventes en el terreno de la investigación. Y lo que es más grave, más de la mitad del dinero empleado en I+D corresponde al sector público y no a la empresa privada, lo que es completamente anómalo por comparación con todos los países desarrollados. El gasto privado en I+D fue apenas de un 46% del total, cuando la Agenda de Lisboa establece que debería ser al menos del 66%. Con estas credenciales, andamos con frecuencia mendigando nuestra participación en proyectos científicos internacionales.

En realidad, basta con salir a la calle y hablar con la gente de cualquier edad o condición. Salvo un minúsculo porcentaje de población que está relacionado con los sectores de I+D, el progreso científico y tecnológico o las políticas para alcanzarlo no interesan a nadie, simplemente, están fuera del discurso de la sociedad. Para los políticos, es una patata caliente que se pasan entre ellos de forma silenciosa para que nadie se fije. Para la mayoría de las empresas, la investigación solo sirve para conseguir alguna subvención del dinero público.

Medalla del premio Nobel

Nuestras universidades están creando generaciones de jóvenes científicos que cuestan una fortuna y que luego languidecen con sueldos mileuristas, cuando no aceptan ofertas del extranjero y engrosan esa constante fuga de cerebros. Y a nadie parece que le importe demasiado. Nadie parece consciente de que vivimos en un mundo donde sólo los creadores de ciencia y tecnología tienen la posibilidad de ser alguien.

Si echamos la vista atrás en la Historia, este lamentable estado viene de lejos y nos remontaríamos a los tiempos del Imperio español. Mientras el oro de las indias llegaba generosamente a España, aquí nos limitábamos a criar ovejas cuya lana se enviaba a Flandes donde se confeccionaban hermosos tapices que después comprábamos a alto precio.

En los siglos siguientes España siguió importando maquinaria y manufacturas en Europa en vez de desarrollar nuestra propia industria, lo que fue sentando las bases de nuestro atraso secular y de nuestra mentalidad carente de iniciativa. Siempre nos ha gustado ser funcionarios o clérigos, cuando no pícaros o especuladores.

A finales del siglo XIX, coincidiendo con la Restauración Borbónica, se produjo un movimiento regeneracionista como reacción a la suspensión de la libertad de cátedra dictada por el gobierno de Cánovas, en la que se imponía un encorsetamiento religioso a todas las inquietudes científicas. Como consecuencia y como reacción, nació la Institución Libre de Enseñanza, un proyecto pedagógico de corte laico fundado por los intelectuales que se apartaron de la Universidad. Por ella desfilaron los nuevos ilustrados españoles que se oponían a la influencia de la Iglesia Católica y de los sectores más conservadores de la sociedad española. La práctica totalidad de sus miembros eran librepensadores y poco amigos del clericalismo que, de forma natural, se identificaron con la República Española cuando esta fue proclamada en 1931. Inevitablemente, casi todos ellos tuvieron que huir al exilio al final de la Guerra Civil para no ser fusilados.

La Institución se convirtió en el centro de la cultura y la ciencia española y en el cauce para la introducción en el país de las más avanzadas teorías pedagógicas y científicas extranjeras, desempeñando una labor fundamental de renovación de la vida intelectual de España. La institución, que había sido fundada en 1875, terminó su vida con la llegada de la Guerra Civil. En su lugar, el franquismo instituyó el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC.

Edificio Central del CSIC en Madrid

En su manifiesto fundacional se declara "Queremos una ciencia católica. Liquidamos, por tanto, en esta hora, todas las herejías científicas que secaron y agostaron los cauces de nuestra genialidad nacional y nos sumieron en la atonía y la decadencia". Y es que el peso de la Iglesia en materia de educación y ciencia siempre había sido una losa y ahora, con la dictadura, volvía con fuerza renovada.

Así quedó erradicada la inquietud por la ciencia en España durante casi cuarenta años. Desde entonces, sólo hemos inventado el TALGO, la fregona y el chupa-chups. El famoso "que inventen ellos" de D. Miguel de Unamuno, llevado a sus últimas consecuencias.

Pero cuando España recobro sus libertades, no recuperó en la misma medida las inquietudes culturales. Algo hemos avanzado, por ejemplo el CSIC no se parece en nada al originario y es ahora una luz en mitad de la noche, en materia científica. Pero la mentalidad no se cambia con decretos y volvimos a la decadencia tradicional adoptando un modelo económico basado en la propiedad de la tierra (las antiguas fincas agrícolas, pasaron ahora a fincas urbanas) y en unos servicios de bajo nivel de tecnificación. Las últimas generaciones han aprendido que la forma de hacer dinero es dejarse de fantasías y concentrarse en sectores con poco futuro, pero muy rentables a corto plazo, donde campan a sus anchas el pelotazo y la especulación.

España no tiene futuro mientras la productividad sea sinónimo de abaratar costes reduciendo plantillas y aumentando las horas de trabajo, si es posible en negro.

No hay futuro si no se invierte en la tecnificación, en el incentivo de los profesionales cualificados, en la capitalización empresarial y en la inversión en I+D.

No tendremos futuro mientras el ciudadano no comprenda que la ciencia y la tecnología son aún más importantes que el paro o la seguridad ciudadana, pues estos son problemas coyunturales mientras que la investigación es una cuestión estratégica.

Tampoco habrá futuro mientras sigamos empeñados en el pelotazo a corto plazo y el negociete de toda la vida, mientras nuestros mejores cerebros se van a trabajar al exterior porque en España no hay oportunidades para emplear sus conocimientos y vivir de una forma digna.

Centro de Investigación Médica Aplicada CIMA. Pamplona

No tendremos futuro mientras no estemos en condiciones de aspirar a un Premio Nobel en alguna rama científica y que hoy se antoja un sueño imposible.

Solo tendremos futuro cuando haya un gran consenso para desarrollar un Plan Nacional de Ciencia muy ambicioso, que tendrá que ser público, pues el tejido español compuesto de Pymes, grandes constructoras y empresas turísticas, no parece el más adecuado para la investigación de nuevas tecnologías. Pero con el panorama político que tenemos, se antoja una misión imposible.

1 comentario:

  1. Está muy bien lo que dices, que lo pensamos muchos. ¡Anda que el de "que inventen ellos" lo tuviésemos que estudiar como magnífico pensador!
    En noviembre hay elecciones, y en mayo también ¿No habrás pensado en...?
    Pedro Miguel

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