Google+ Aislado en este planeta: Waterloo y los dentistas

viernes, 17 de julio de 2015

Waterloo y los dentistas

Tras el descubrimiento de América, los españoles, introdujeron en Europa, entre otros muchos productos, el azúcar de caña. El resto de potencias europeas como Inglaterra, Francia y Portugal, hicieron lo propio en sus colonias y en el siglo XVII el azúcar ya se consumía en todo el mundo. A los frecuentes problemas dentales de la época por la falta de higiene, se añadió así el mejor aliado para las caries y se multiplicó el trabajo de los dentistas, de modo que la profesión comenzó a ganar prestigio.


Las primeras prótesis dentales, que existen desde la antigüedad, podían ser de madera, porcelana y sobre todo, marfil y los dientes que en ellas se incrustaban eran piezas de animales, de condenados a muerte y de cadáveres conseguidos mediante la profanación de tumbas. Cumplían a su manera, una función estética y poco más. Los dientes utilizados dejaban mucho que desear y eran difíciles de conseguir y de trabajar. La gran "revolución" de los dientes postizos se produjo con la batalla de Waterloo.

Esta famosa batalla fue un combate que se libró entre el ejército francés que comandaba Napoleón Bonaparte y una coalición de países entre los que se contaban ingleses, holandeses y alemanes, al mando del duque de Wellington, a los que se sumaron el ejercito prusiano y también tropas de Austria, Suecia y España para formar un ejército de casi 200.000 hombres que se conoció como la Séptima Coalición. 

Pirámide conmemorativa de la batalla de Waterloo

Todo fue necesario para derrotar a Napoleón, que había regresado de su exilio en la isla de Elba y se disponía a invadir los Países Bajos en su último intento de dominar Europa. El enfrentamiento se produjo en la localidad belga de Waterloo, el 18 de junio de 1815, hace ahora 200 años.

Tras la batalla, que fue muy sangrienta, quedaron en el campo más de 50.000 soldados muertos de ambos bandos. La mayoría eran jóvenes y estaban sanos lo que significaba que sus dientes también lo estaban así que antes de enterrarlos se les sacó los dientes que fueron a parar en su totalidad, al "mercado inglés" y sirvieron para satisfacer una necesidad en auge en la época, que era la fabricación de dentaduras e implantes hechos con piezas humanas.

El duque de Wellington en la batalla de Waterloo.
Oleo de Jan Willem Pieneman 1824

Entre la alta sociedad victoriana las dentaduras servían escasamente para lucir una tímida sonrisa que no resultara desagradable, pero no servían para masticar por lo que estuvo de moda acudir a las reuniones sociales habiendo comido en privado para evitarse la vergüenza en la mesa. Buscando la mejor calidad, en la buena sociedad de Londres se había puesto de moda el implante de dientes de donantes vivos, los más pobres de la sociedad, que vendían sus piezas para sobrevivir, aunque esta práctica suponía un gran riesgo de contraer enfermedades.

La llegada de la mercancía de Waterloo supuso una inundación del mercado a gran escala y una ingente cantidad de trabajo para dentistas y cirujanos. Entre los pacientes se impuso la calidad de los dientes que procedían de un hombre joven y seguramente saludable, muerto por sable o por bala de cañón frente a las piezas arrancadas a un desconocido, muerto de enfermedad o ahorcado. A aquellas prótesis con dientes de segunda mano se las bautizó con el nombre de "Waterloo Teeth", - dientes de Waterloo - y así se siguió llamando durante muchos años a las dentaduras postizas, aún después de que el material de la guerra se hubiera terminado.

Esta práctica de los dientes de soldado, continuó durante todo el siglo XIX en las distintas guerras que hubo por el mundo y especialmente en la Guerra de Secesión estadounidense. En paralelo también hubo avances en el empleo de materiales artificiales como el oro, la porcelana y las resinas sintéticas pero no fue hasta entrados en el siglo XX cuando se pudo estar seguro de no encontrar a nadie sonriendo y mostrando los dientes de un muerto.

1 comentario:

  1. Muy buen artículo es lo mínimo que me fluye decir, como aperitivo de una noticia que de inmediato no sitúa en el contexto de la reflexión, de la cual, es que pueden surgir múltiples comentarios en los más diversos ámbitos.

    Me brota la intención de premiar a quien me ha remitido esta reliquia, con una corona de laurel, reservada por los emperadores romanos, a sus más excelsos ciudadanos.

    Comuníquese y cúmplase.

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