Google+ Aislado en este planeta: La Pagoda de Chanteloup

martes, 27 de octubre de 2015

La Pagoda de Chanteloup

Los franceses tiene una gran habilidad para ensalzar, ponderar y en definitiva, vender las excelencias y maravillas de su país, que a veces, no necesitan alabanza alguna ya que son magníficas de por sí.

La región del Loira tiene muchos encantos de modo que una lisonja excesiva exagerando lo que no lo merece, no hace sino perjudicar la credibilidad y aumentar la desconfianza del visitante. Yo digo que, de la publicidad turística de Francia, se debe creer "la mitad de la mitad" y así te puedes aproximar a la realidad.

Un ejemplo descarado son sus famosas rutas "a veló", que se anuncian por todo el país, donde uno espera encontrar magníficos carriles bici recorriendo los trayectos más encantadores. La realidad suele ser un trazado accidentado de aceras, pistas cortas, rayas en la calzada y prohibiciones varias que convierten el paseo en una aventura y a veces en una temeridad.

Se me ocurre este comentario porque refleja la sensación que sentí al acercarme a la finca de Chanteloup en las afueras de Amboise. Las guías señalan el Castillo y la Pagoda de Chanteloup como hermosos lugares dignos de una visita, que por supuesto es de pago. Es fácil que no repares, aunque si lo señalan, que el castillo no existe y que debes reconstruirlo en tu imaginación. No obstante, tras un momento de decepción inicial, logré sobreponerme e incluso al final, quedar gratamente sorprendido.

La historia de este lugar se remonta a mediados del siglo XVIII, cuando el duque de Choiseul, hacía sus correrías por la corte y la política francesa. El hombre era menudo, feo y gordo pero también era listo, intrigante, hábil negociador y con buenas aptitudes para la vida social lo que le permitió destacar en numerosas ocupaciones como militar, embajador y secretario real. Se casó con una aristócrata que le proporcionó una gran fortuna y mantuvo amistad con Madame de Pompadour, la amante más célebre del rey Luis XV.

La pagoda fue construida en 1775

El castillo desaparecido se encontraba en los terrenos de la derecha

Se puede decir que, por méritos propios, alcanzó prestigio y riqueza pero despertó envidias y enemistades, así que a pesar de su brillante carrera, perdió el favor del rey quien le forzó a retirarse al espléndido castillo que se había comprado en el bosque de Amboise, no lejos del palacio real, en una finca de más de 4.000 hectáreas, todas ajardinadas en su momento.

Al convertirse en una especie de jefe de la oposición, Choiseul se rodeó de numerosos amigos y partidarios que viajaban a visitarlo a su finca. Agradecido por las muestras de simpatía, decidió obsequiar a los visitantes con un sorprendente monumento y así, hizo construir en el parque, una pagoda de siete pisos, de inspiración china, en la que se grabaron los nombres de las 210 personas de alto linaje que fueron a visitarlo durante su destierro.


Amboise y el valle del Loira vistos desde la pagoda

Castillo Real de Amboise

El monumento es, cuando menos, sorprendente por su arquitectura, rara en estas latitudes. Es una torre de 44 metros de altura con 7 plantas superpuestas que van reduciendo sus dimensiones conforme ganan altura. La base es un pórtico circular de 16 columnas que da entrada a una escalera circular que permite ascender hasta el último piso. Desde allí la vista es magnífica dominando tanto el parque como el valle del Loira y la cercana Amboise.

La pagoda, al borde de un gran estanque de media luna, es lo único que queda de aquella propiedad. El castillo fue vendido a la muerte de Choiseul en 1785 y poco después pasó a manos del Estado que vació el mobiliario distribuyendolo en varios museos. En 1823 el castillo fue demolido para aprovechar sus piedras como material de construcción. Los jardines disponían de fuentes y estanques que se alimentaban a través de una conducción de más de trece kilómetros a través del bosque. Una gran obra hidráulica que fue destruida durante la Revolución de 1789 para recuperar el plomo de las tuberías. La pagoda corrió mejor suerte y siguió en pie siendo reconstruida en 1908 con importantes cambios que redujeron su aspecto chinesco.


Toda esta historia se cuenta en un audiovisual, planos y pinturas que se exponen en la recepción de visitantes y permiten hacerse una idea de lo que pudo ser aquella singular residencia en sus tiempos de esplendor. 

Así es este cuento francés que, al igual que ocurre en su cocina, se adereza con mucha guarnición pero no tiene gran contenido. De todos modos aquella mañana de julio con aquel paseo en bicicleta hasta Chanteloup y unas cuantas fotos en el morral, resultaron de lo más agradable.

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