Google+ Aislado en este planeta: El Cura Merino

domingo, 6 de diciembre de 2015

El Cura Merino

Jerónimo Merino
Las modernas autovías, además de sus numerosas ventajas sobre todo si no cobran peaje, tienen un inconveniente y es que te alejan de los cascos urbanos de pueblos y ciudades y con ello se corre el riesgo de dejar en el olvido lugares magníficos que son dignos de la mayor atención. En la ruta a la capital del reino por la N1 (actualmente A1), se pasa por las inmediaciones del pueblo burgalés de Lerma. Se trata de un lugar de gran interés que bien merece un pequeño desvío y una gran parada.

La villa, situada en un alto que domina el río Arlanza, destaca principalmente por su Palacio Ducal que preside una de las mayores plazas de España. El palacio fue construido por Francisco de Sandoval y Rojas, conocido como Duque de Lerma que fue el valido principal del rey Felipe III. En otra ocasión conté la historia de este personaje, uno de los ilustres golfos que ha dado este país: http://murzainqui.blogspot.com.es/2013/06/pelotazo-urbanistico.html

Pues bien, las visitas a la plaza y al palacio, convertido ahora en Parador Nacional, a alguno de sus tres conventos de clausura, si se consigue permiso, y a la Colegiata de San Pedro, son motivos que bien justifican la parada. Pero hay más; en el centro de la Villa, cerca del mirador sobre la muralla que se asoma al río, hay una tumba en medio de un pequeño parque que pertenece a un personaje racial de los que escribieron a sangre y fuego alguna página de nuestra historia.

Se trata de Jerónimo Merino, un guerrillero azote de franceses, que provenía de la carrera eclesiástica, por lo que la historia lo conoce como "el cura Merino". Había nacido en Villoviado, Burgos, en 1769. Cuando los franceses invadieron España en la primavera de 1808, Jerónimo Merino era un cura de pueblo de Castilla la Vieja. Nada en su vida tranquila y ordenada hacía presagiar que llegaría a ser uno de los personajes más importantes y famosos de la guerrilla española contra la ocupación francesa durante la Guerra de Independencia.

La revolución que supuso la invasión de España por los ejércitos napoleónicos fue percibida por Merino y por la inmensa mayoría del clero español como una amenaza muy real a la manera de entender el orden natural de las cosas en aquella sociedad. El rey Carlos IV y su hijo Fernando VII fueron destronados y sustituidos por el hermano de Napoleón, José Bonaparte. Además, los franceses, con engaños, invadían el país, asaltaban las iglesias y las saqueaban en busca del oro y la plata de las piezas de orfebrería, en medio de un trato brutal y humillante hacia los curas de los pueblos. Sin rey y sin Dios, Merino pensó que había llegado la hora de luchar, dejó la sotana y tomó las armas.

Merino pronto se convirtió en el comandante de las guerrillas anti francesas que operaban en el corazón de Castilla la Vieja con base en la zona de Lerma. Desde allí hostigaba las comunicaciones francesas entre Madrid y Valladolid con Burgos y con Francia. Los correos galos no viajaban seguros, ni siquiera cuando iban fuertemente custodiados. Unidades enteras del ejército francés sufrieron emboscadas y ataques indiscriminados con centenares de bajas y prisioneros.

La tumba del cura Merino en Lerma

Su gran momento llegó cuando atacó a la guarnición francesa en Roa junto a otro líder guerrillero, Juan Martín, conocido como "el Empecinado". Quiso el destino que unos años más tarde, en 1825, el rey Fernando VII mandara ejecutar a este guerrillero por sus ideas liberales, en la misma plaza de Roa que consiguió liberar.

Durante toda la guerra contra Napoleón, el Cura Merino fue el verdadero azote de las tropas francesas y su peor pesadilla. Sus acciones pesaron sobremanera en la victoria de los aliados que, al mando de Wellington, se alcanzó en 1814. Este mismo año Fernando VII regresó a España y Merino, en reconocimiento de sus hazañas, fue nombrado gobernador general de Burgos, pero no se mantuvo mucho en el cargo y prefirió volver a su parroquia rural. La misión se había cumplido ya que España volvía a tener rey, la Iglesia recuperaba su papel tradicional y el viejo orden había sido restablecido. Ya no hacía falta luchar más. En realidad, Merino y muchos otros curas que se movilizaron frente al francés, no lo hicieron por patriotismo ni por ideas políticas, ellos sólo eran fieles a Dios y al rey, a la vieja usanza, atribuyendo al monarca poderes absolutos por mandato divino.

Sin embargo durante la guerra nuevas ideas liberales, herederas de la Revolución francesa, habían prendido en la sociedad española y conceptos como nación, libertad y democracia reflejados en la Constitución de Cádiz de 1812, tenían como resultado que el rey también debía someterse a la voluntad de la Nación y a sus leyes y por tanto dejaba de ostentar el poder absoluto.

Palacio Ducal de Lerma

Este es el panorama que Fernando VII se encontró a su regreso de Francia. Una sociedad dividida entre absolutistas y liberales y una constitución contraria a sus intereses, así que su primera medida fue derogarla y perseguir a los liberales, cosa que a nuestro cura debió parecerle bien.

Pero entre 1820 y 1823 los liberales consiguieron hacerse con el poder y reinstaurar la Constitución de Cádiz en el llamado Trienio Liberal. Merino no dudó en volver a echarse al monte, igual que había hecho en 1808. Pero a diferencia de entonces, en esta ocasión no dudó en apoyar una segunda invasión francesa, la de los llamados "Cien Mil hijos de San Luis" que fue un ejército francés que entró en España, esta vez para echar a los liberales y devolver a Fernando VII su poder absoluto. A Merino le dio igual que llegaran soldados extranjeros a inmiscuirse en los asuntos de España porque ahora luchaban por Dios y por el rey. Daba igual que fueran franceses, sus antiguos enemigos.

Años más tarde, el enfrentamiento liberal-absolutista por la cuestión hereditaria, dio lugar a la Primera Guerra Carlista en la que Merino volvió a actuar, por supuesto de lado de los monárquicos tradicionalistas. Al igual que antaño, volvió a hostigar a las tropas que utilizaban la ruta entre Madrid y Burgos, y otra vez volvió a poner en pie de guerra las tierras de Castilla, pero esta ocasión contra otros españoles. Se convirtió en un líder del carlismo en Castilla, participó en los sitios de Morella y Bilbao y acabó atrincherándose en Soria, resistiendo hasta el final.

Fernando VII recibe al cura Merino. Grabado del siglo XIX
Sin embargo, esta vez Merino perdió. Los carlistas fueron derrotados y se rindieron firmando la paz en Oñate, el 31 de agosto de 1839, entre el isabelino Espartero y el carlista Maroto, sellada con el conocido "Abrazo de Vergara" entre ambos generales. Merino ya no tuvo medallas ni reconocimientos, tan sólo le quedó el exilio. Y esta es la mayor ironía en la vida del cura guerrillero, hijo del Antiguo Régimen; que tuvo que huir de España y refugiarse en Francia, la tierra de sus enemigos, el país de los centenares de soldados que mató o puso en fuga años antes.

Jerónimo Merino murió en 1844, en la ciudad francesa de Alençon. Años más tarde, sus restos fueron trasladados a España y ahora su tumba se encuentra en el centro de la ciudad de Lerma, donde todavía hoy se le recuerda como un patriota y un héroe.

Y para rematar con provecho la visita a la ciudad, al turista solo le resta una obligación que consiste en  visitar cualquiera de los santuarios gastronómicos del lechazo que ofrece esta villa y que se debe degustar regado con una botella de tinto de la D.O. Arlanza, vecina de Ribera de Duero a la que, por cierto, tiene poco que envidiar.

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