Google+ Aislado en este planeta: La expulsión de los jesuitas

martes, 26 de enero de 2016

La expulsión de los jesuitas

"Carlos III en traje cazador"
Francisco de Goya. Museo del Prado
En la madrugada del 20 de enero de 1716, en el inmenso y destartalado Alcázar de Madrid, nació un niño que con el paso de los años sería investido rey de España con el nombre de Carlos III. Así que de aquel suceso se cumplen ahora 300 años.

Era hijo de Felipe V y de su segunda esposa, Isabel de Farnesio y era el tercer varón en la línea sucesoria por lo que no se podía apostar por su llegada al trono español. Antes que el estaban sus hermanastros Luis y Fernando, hijos de la primera esposa del rey. Ambos llegaron a reinar en España y ambos fallecieron de modo que Carlos tuvo que regresar de Nápoles, donde era rey, para hacerse cargo de su herencia del trono español.

A Carlos III se le conoce con el sobrenombre de "mejor alcalde de Madrid". En su reinado de Nápoles, Carlos había logrado importantes mejoras, muy reconocidas por sus ciudadanos y a su llegada a aquel caótico e inmundo Madrid, en octubre de 1759, hizo el firme propósito de darle el lustre que correspondía a la capital de un imperio y así emprendió la tarea de modernizar la ciudad con la construcción de paseos, adoquinado de calles y trabajos de saneamiento e iluminación pública. También adornó la ciudad con monumentos como la Puerta de Alcalá, el Museo del Prado, el hospital de San Carlos o el nuevo Jardín Botánico además de numerosos edificios representativos, donde alojar la creciente administración pública. 

En otro orden, impulsó los transportes y comunicaciones del país con la construcción de una red radial de carreteras que cubrían todo el territorio español y con la organización de Correos como un servicio público, la creación de la Lotería Nacional o del Banco Nacional de San Carlos, precursor del Banco de España.

El rey era un ilustrado de pensamiento europeo y los españoles a los que tenía que gobernar eran una caterva incívica e ignorante a quien no gustaron las reformas pues suponían tasas de alumbrado y limpieza y también cambios de costumbres como la retirada de los animales de la calle y el uso de vestimenta más moderna. Precisamente la prohibición de la capa y el embozo se consideran la causa de una revuelta ciudadana, el Motín de Esquilache, por el nombre del ministro de había propiciado los cambios, que en marzo de 1766, sacó a la calle a miles de madrileños y tuvo repercusiones en otros lugares del país. 


En realidad, la causa material del descontento era la subida de los precios de los alimentos de primera necesidad, que produjo una verdadera situación de hambre entre las capas populares, y que se atribuía a las medidas de reforma económica promovidas por Esquilache. En la sombra sin duda que había otros intereses de ciertos poderes nobiliarios y eclesiásticos y aprovechando la ocasión se culpó a los jesuitas como instigadores del motín lo que echó más leña al fuego para propiciar su expulsión de España que se produjo al año siguiente.

A lo largo del siglo XVIII se había producido un hondo sentimiento en contra de los jesuitas, en parte por la llegada de nuevas ideas ilustradas y laicistas y en parte por la envidia suscitada por el enorme poder de la compañía tanto en España como en las colonias americanas y por los celos de las órdenes religiosas tradicionales. Además habría que añadir la escasa simpatía del monarca por los jesuitas desde su época napolitana. Así que España se unió a otros países europeos que en años anteriores ya habían procedido a su expulsión como Portugal en 1759 y Francia en 1762. Su persecución continuó en los años siguientes en los dominios italianos de los borbones hasta que en 1773 el papa Clemente XIV, que provenía de la orden franciscana, suprimió mediante un edicto, la Compañía de Jesús.

En España, la orden fue restablecida en 1814, pero los jesuitas serían expulsados de España dos veces más, en 1835, durante la Regencia de María Cristina de Borbón y en 1932, bajo la Segunda República Española.

Una situación similar vivieron en otros países principalmente durante el siglo XIX en que fueron expulsados del Reino Unido, Países Bajos, Portugal, Suiza, Austria, así como del nuevo Imperio alemán, de Italia y de diversos países sudamericanos aunque en muchos casos fueron situaciones de ida y vuelta que cambiaban con los vaivenes políticos.

Santuario de Loyola en Azpeitia, lugar natal del fundador de los jesuitas

El exilio jesuítico se dirigió en buena medida hacia países no católicos como el reino de Prusia o el Imperio ruso, donde sus monarcas ignoraron el decreto papal permitiendo la continuidad de los colegios jesuitas y la reorganización de los miembros más selectos de la Compañía. Otros se dirigieron a Roma, pero al desaparecer sus colegios, se emplearon como asistentes de los obispos o como preceptores de los hijos de la nobleza por lo que aportaron a la cultura y a la sociedad italiana un importante bagaje de conocimientos y un carácter con la impronta jesuita, que ha perdurado en el tiempo.

Recomiendo ver con curiosidad histórica, la película "La Misión" una maravilla de fotografía y banda sonora acompañadas de dos grandes de la interpretación como son Robert De Niro y Jeremy Irons. En ella se refleja precisamente la situación planteada en las misiones de las indias, en concreto en las reducciones jesuitas del Paraguay, como consecuencia del Tratado de Madrid (1750), entre España y Portugal, por el que se resolvió la disputa por la Colonia del Sacramento en un escenario de contienda entre las monarquías absolutistas y el poder cultural y económico de la Iglesia representado por la Compañía de Jesús. Un ingrediente más que se sumó a la causa de su expulsión de todos los territorios del Imperio español.

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