Google+ Aislado en este planeta: Balleneros vascos

martes, 2 de febrero de 2016

Balleneros vascos

Un país asomado a las costas del Cantábrico que es un mar bello y fiero a la vez, ha tenido que destacar por sus marineros y sus incursiones mar adentro buscando en ocasiones la aventura, en otras el negocio o la guerra y las más de las veces acosados por la necesidad. Los vascos son un pueblo emprendedor que desde tiempo inmemorial buscó expandir sus horizontes hacia el mar, mucho más que tierra adentro.

Transporte y comercio marítimo, pesca de altura y bajura, caza de ballenas, construcción naval, guerra marítima y actividad corsaria fueron durante siglos el modo de vida y trabajo de la mayor parte de los habitantes de la costa cantábrica vasca.

Actividad en un puerto medieval

Los marineros de estas costas fueron a veces corsarios y piratas que son actividades próximas al comercio marítimo y tan antiguas como él. Pero a la vez que buscaban abrir camino en la mar, también tuvieron que defender sus costas. La época de los siglos IX y X fue muy tormentosa y es porque entonces aparecen los vikingos, los primeros saqueadores que llegaron hasta las costas vascofrancesas, que después fueron seguidos de los normandos.
En la Baja Edad Media los vascos actúan como transportistas para los mercaderes italianos para poner en comunicación el Mediterráneo con los países del Norte de Europa. Otra actividad reconocida fue el armado y alquiler de embarcaciones, muchas veces con la tripulación incluida, para ponerlas al servicio de la Corona o del mejor postor.

Aquellos barcos eran de construcción artesana y cada armador diseñaba su embarcación de acuerdo al uso que pensaba darle. Posteriormente se desarrolló una industria de construcción naval, que alcanzó su plenitud en el siglo XVI, al darse circunstancias tan favorables como la abundancia de bosques en el país, la tradición marinera y artesana, el desarrollo de los puertos y la presencia de una burguesía emprendedora. Con el descubrimiento de América, el comercio se desplazó hacia el Atlántico y la Corona adoptó una política proteccionista, como se desprende de una ordenanza de los Reyes Católicos del año 1500, que manda que..."ninguna mercadería ni otra cosa se pueda cargar en navío extranjero, habiendo navío de natural".

El origen de la actividad corsaria vasca está en el propio comercio medieval. La exportación del hierro vizcaíno y de las lanas castellanas a Flandes y a otros países del norte de Europa, estaba unido frecuentemente al saqueo de otros barcos mercantes más débiles que se encontraban por el camino, especialmente en el caso de pertenecer a países en guerra con la Corona de Castilla. Así que el mismo barco que había ido a faenar a los mares del norte, aprovechaba el viaje para traer en sus bodegas algo más que peces.

Pesca de ballena en el Ártico.
Abraham Storck, paisajista holandés siglo XVII

Otra actividad legendaria de los vascos fue la pesca. Los primeros corsarios fueron balleneros que alternaban la captura de cetáceos con el saqueo a los pescadores locales en los bancos de Terranova, respaldados por sus patentes de corso. Las presas hechas en bacalao y otras especies eran tan codiciadas como el oro, las telas y las armas conseguidas en el asalto a barcos mercantes.

Vascos y cántabros parece que fueron los primeros cazadores de ballenas y los inventores de la industria ballenera que ya existía de modo organizado desde el siglo VII. Los astilleros guipuzcoanos y vizcaínos eran en el siglo XVI de los mejores de Europa, sus marinos los más avezados y sus pescadores los más hábiles de la época. Además, su actividad se veía reforzada por otras localidades del interior y de provincias limítrofes que aportaban a aquella industria diversas manufacturas, herrajes, madera, cuerdas, toneles… y también capital y contactos comerciales para el éxito de la empresa.

Las primeras capturas se hacían en campañas de bajura que duraban de octubre a marzo, cuando las ballenas bajaban buscando mares más cálidos. Hay numerosas constancias históricas de aquellos años como los documentos de venta de una ballena, en Bayona, en 1509, así como restos de tinajas para el depósito del aceite. En la costa hay numerosos topónimos que señalan los lugares de avistamiento del paso de ballenas. Se trata de atalayas con un vigilante permanente que avisaba de inmediato a la flota que esperaba ansiosa. Al aviso le seguía una carrera de barcos, txalupas balleneras, intentando ser los primeros en alcanzar al animal, lo que además de asegurar la captura, otorgaba ciertos derechos al primer arponeador. Las evoluciones de la flota, a veces se realizaban a la vista del puerto y constituían un espectáculo popular porque en aquella pelea estaba en juego la vida de los marineros y porque de su éxito dependía la economía de la comunidad. Una de aquellas atalayas aún puede verse en el monte Ulía en las cercanías de San Sebastián. Resulta sugestiva la idea de contemplar la caza de la ballena desde el Paseo Nuevo o desde el monte Igueldo. La rivalidad entre algunos puertos de la costa ha llegado hasta nuestros días, transformada ahora en una pura competición deportiva, las traineras.

Muchas localidades costeras vascas lucen ballenas en sus escudos
Sin embargo, para el siglo XIV, la presencia de ballenas en la costa vasca comenzó a remitir y la escasez obligó a los pescadores vascos a ir en su búsqueda hacia las costas de Irlanda y hacia Terranova. En pocos años las expediciones balleneras fueron habituales y en las costas de Terranova, de Islandia y el Labrador se establecieron factorías permanentes para la explotación de las presas conseguidas que se especializaron principalmente en dos especies: la ballena y el bacalao.

En las décadas de 1530 a 1570, el negocio ballenero registró su etapa de mayor apogeo. La flota vasca llegó a estar formada por una treintena de barcos, tripulados por más de dos mil hombres, que capturaban unas cuatrocientas ballenas cada año. La principal fuente de beneficio estaba en la grasa del animal, posteriormente convertida en aceite que se denominaba saín. Este producto se empleaba en el alumbrado y ardía sin desprender humo ni olor. Asimismo, los huesos servían como material de construcción para la elaboración de muebles y las barbas de ballena eran un apreciado material elástico y resistente, precursor de los plásticos modernos. La carne apenas se consumía en España, pero se salaba y se vendía a los franceses que eran menos exquisitos y comían de todo.

Distintos avatares de la historia marcaron el ocaso de aquella época. En 1585, España entra en guerra con Inglaterra y la Armada española requisa un gran número de barcos para completar una flota claramente insuficiente. Tres años después, la que se conoce como Armada Invencible, regresó humillada a los puertos españoles habiendo perdido un tercio de los barcos y de los hombres que la componían. Ahí se frenó en seco la marcha de los pescadores hacia Terranova. A comienzos de siglo XVII el dominio de los mares del norte cambió de manos. Francia estableció un gobernador en Terranova, Dinamarca puso sus ojos en Groenlandia y los ingleses se fueron adueñando del Atlántico norte.

La pesca se restableció tímidamente a partir del Tratado de Utrecht cuando Felipe V consiguió un tratado de libre pesca en Terranova a favor de los vascos, pero por entonces las ballenas prácticamente habían desaparecido de aquellos mares, Sin embargo la actividad ballenera no llegó a desaparecer y en los siglos siguientes hubo capturas aunque cada vez más escasas. La última ballena pescada por los vascos fue el 14 de mayo de 1901, un ejemplar de la especie franca glacial capturado en Orio aunque para matarla hubo que emplear dinamita, ya que nadie sabía que hacer y las técnicas y aparejos tradicionales habían desaparecido.

Sobreexplotación pesquera. La ballena en peligro de extinción 

Los balleneros tradicionales no fueron la causa de la progresiva extinción de la ballena, sino la pesca masiva e industrializada del siglo XX, y en especial los arpones automáticos de los japoneses. Frente a los actuales depredadores de los mares, queda la aventura de las expediciones balleneras de los vascos con la frescura y la nobleza de aquellos hombres que lucharon con valentía para ganarse la vida y a veces... perderla.

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