Google+ Aislado en este planeta: El "Santísima Trinidad"

domingo, 22 de mayo de 2016

El "Santísima Trinidad"

En el muelle de levante del puerto de la capital alicantina, se encuentra una réplica bastante limitada, a tamaño natural, del que fue el mayor buque de la armada española del siglo XVIII. Se trata del "Santísima Trinidad", hundido en aguas de Cádiz en los días posteriores a la batalla de Trafalgar. En aquel siglo, que ya apuntaba al declive del Imperio español, hubo no obstante un loable intento de mantener el tipo frente a Inglaterra y Francia, las potencias emergentes, sobre todo en el control de los mares.

Destacan en ese tiempo los astilleros de Cádiz, Cartagena, Guarnizo y El Ferrol pero sobre todo el de La Habana que fue el que mayor número de navíos de línea aportó. Más de la mitad de los buques construidos y también los más grandes, se botaron en la isla caribeña de modo que La Habana fue, con diferencia, el más decisivo de los astilleros españoles con una producción de 74 buques a lo largo del siglo XVIII.

Puerto de Alicante desde el castillo de Santa Bárbara

Uno de ellos fue el Santísima Trinidad y su construcción implicó ampliar el dique número cuatro del astillero cubano, al tratarse del mayor buque de guerra y mejor armado de su tiempo. Se comenzó a construir bajo el reinado de Carlos III. El propio rey propuso el nombre: "Nuestra Señora de la Santísima Trinidad" y fue botado en los astilleros de La Habana en octubre de 1769. Se continuaba así la tendencia española de fabricar buques pesados y voluminosos que pudiendo soportar un duro castigo en el combate, dispusieran también de una gran cantidad de piezas de artillería con las que golpear al enemigo. Eran barcos que desplazaban un gran tonelaje, lo que les permitía embarcar una numerosa tripulación y transportar una abundante carga.

El Santísima Trinidad tenía tres puentes, con casi 60 metros de eslora y 16 de manga, armaba inicialmente 116 cañones y desplazaba 4.950 toneladas. Desde un principio mostró importantes defectos de diseño, como una tendencia a escorar. Tras su travesía atlántica, se intentó corregir sus fallos en los astilleros de Ferrol y Cádiz. Tales fueron las modificaciones ejecutadas, que se convirtió en el único navío del mundo que contaba con cuatro puentes y sus medidas fueron sobredimensionadas llegando a armar 140 piezas de artillería.

Cuando se incorporó a su vida operativa, a partir de 1779, participó en las campañas del canal de la Mancha en apoyo a las colonias rebeldes en Norteamérica. Allí contribuyó a una de las mayores victorias de la marina española sobre la armada inglesa en la captura de un enorme convoy con 55 naves de aprovisionamiento para sus tropas destacadas al otro lado del Atlántico, hecho que ocurrió a la altura de las Azores en el año 1780. Participó después en el asedio de Gibraltar que duró de 1779 a 1783 donde la flota española fracasó una vez más en su intento de recuperar el peñón. En una de las escaramuzas, frente al cabo Espartel, el Santísima Trinidad resultó seriamente dañado en un encuentro que se saldó con la huida de los barcos ingleses.

Toda la vida de este barco estuvo marcada por su enfrentamiento con la flota británica. El almirante Nelson lo tenía fijado entre sus objetivos y le causaba fascinación y respeto. A causa de su fracaso en el ataque a Santa Cruz de Tenerife, donde perdió un brazo, tuvo que subir al barco para la firma de rendición y quedó maravillado del esplendor y lujo de la nave. Posteriormente llegó a decir "Los españoles construyen magníficos barcos, pero sus tripulaciones son lamentables". Ahí estuvo siempre su ventaja ya que el mayor oficio, disciplina y entrenamiento de la marinería inglesa, así como la mayor competencia de sus mandos, convirtieron a su flota en imbatible.

El Santísima Trinidad y otros buques de la flota

Así se demostró en la batalla del Cabo San Vicente en 1797, donde a pesar de la superioridad numérica de los españoles, sufrimos una derrota humillante y la pérdida de cuatro navíos capturados y el doble de muertos en combate que los ingleses. Nuestro buque insignia resultó arrasado, con sus mástiles caídos, las velas sobre cubierta y agujereado por todas partes. Aquel gigante demostró ser poco ágil y muy torpe frente a la velocidad de maniobra de los buques ingleses. De no ser por sus poderosas cuadernas y el grosor de sus maderas, aquel día pudo terminar en el fondo atlántico. Como siempre, nos quedó la excusa de un fuerte temporal que precedió a la batalla y que por lo visto, solo perjudicó a los españoles.

La historia se repitió con tintes de tragedia, ocho años después, en la batalla de Trafalgar. España estaba aliada con Napoleón en su lucha contra los ingleses. La flota española había sufrido fuertes recortes de presupuesto y sobre todo, la marinería era simplemente impresentable. El Santísima Trinidad, que había curado sus heridas en el puerto de Cádiz, había estado demasiado tiempo inoperante. Toda la tripulación se había despedido, ya que la dureza de la vida a bordo, el riesgo de muerte en la batalla y lo miserable de los pagos, ahuyentaban a los hombres de la marina de guerra. Así que el problema más grave que se encontró el capitán del navío fue reclutar a cientos de "voluntarios" para completar la dotación del Santísima Trinidad.

En el verano de 1805 el navío únicamente disponía de 300 marineros y 250 artilleros profesionales aunque muy pocos de ellos tenían experiencia de combate así que se impuso una recluta masiva por los puertos de la costa gaditana. También se recurrió al penal del Puerto de Santa María ofreciendo liberación de condenas a los presos que se ofrecieran voluntarios. Hubo incluso reclutamientos en las tabernas portuarias aprovechando el estado de embriaguez de algunos y con estos procedimientos se logró completar aquella enorme nómina de 1048 hombres que portaba el Santísima Trinidad, destinados a servir a los 140 cañones del barco cuando salió del puerto de Cádiz el 20 de octubre de 1805. Algo similar debió ocurrir con las tripulaciones de los otros 15 buques españoles que se pusieron a las órdenes de Villeneuve, el vicealmirante de la flota francesa. Al día siguiente, frente al cabo de Trafalgar se toparon con la flota inglesa y otra vez, pese a la superioridad teórica, la derrota fue de las que hacen historia.

En la batalla, el Santísima Trinidad se batió con bravura a falta de mejores aptitudes, contra varios navíos ingleses que sin duda le tenían ganas, hasta que quedó inoperativo y con la mitad de la dotación fuera de combate. En esa situación fue apresado y cuando dos fragatas inglesas le remolcaban a Gibraltar, tuvo que ser abandonado al no poder achicar el agua de las bodegas, dejando a su suerte a casi un centenar de heridos a bordo. El buque insignia de la Armada española durante cuatro décadas, era engullido por un mar violento que también arrastraba al fondo el orgullo del Imperio español.

Ahora en el puerto de Alicante

Ahora en Alicante, aunque sea a través de una réplica poco rigurosa, uno se hace idea de lo que tuvo que ser la vida a bordo de aquellos barcos en condiciones extremas de salubridad, de esfuerzo y de rudimentaria navegación a merced de los vientos. Por lo demás, el barco sirve como escenario lúdico para diversas actividades como restaurante, discoteca o sala de exposiciones.

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