Google+ Aislado en este planeta: La venta de la Torre Eiffel

sábado, 14 de mayo de 2016

La venta de la Torre Eiffel

La Torre Eiffel, el mayor icono de la capital francesa, se construyó para la Exposición Universal de 1889 celebrada en París. Fue una idea original, pero terminada la exposición, resultó una construcción inútil y no contó con el aprecio de los parisinos hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

Durante muchos años  fue vista como una construcción fea y sin utilidad alguna. Allí permanecía desde la exposición porque nadie quería tomarse el trabajo de desmontarla y ni siquiera llamaba la atención de los turistas que ya por entonces pululaban por París. El debate sobre la utilidad de la torre se agudizó en mayo de 1925, cuando la prensa local informó sobre el deterioro que estaba sufriendo la estructura y el alto costo que supondría su reparación.

Abril 1888

Victor Lustig estaba sentado hojeando el periódico en la terraza de algún elegante local parisino mientras disfrutaba de un café, cuando al leer los comentarios sobre la torre, se le ocurrió una genial idea para volver aquel asunto a su favor. Había nacido en Checoslovaquia pero se había convertido en ciudadano francés hacía largo tiempo y allí se hacía pasar por aristócrata. Era un hombre refinado, cortés, simpático, con gran facilidad de palabra y hablaba con soltura varios idiomas. Desde hacía años que se dedicaba al engaño y a la estafa, con tan buenos resultados que se permitía vivir como un verdadero miembro de la alta sociedad parisina. 

Por entonces Francia ya se había recuperado de los estragos de la Primera Guerra y el ambiente de negocios era excelente para un artista de la estafa como Lustig que inmediatamente puso en marcha su plan. Mandó imprimir papelería con membretes y sellos del gobierno y convocó privadamente a seis de los más importantes comerciantes de chatarra del país. Tenía que ser una reunión confidencial en un salón privado del prestigioso Hotel Crillón para discutir un posible asunto de carácter oficial. 

Los seis "hombres de negocios" acudieron puntualmente y Lustig se presentó como Director General Adjunto del Ministerio de Correos y Telégrafos de Francia y les explicó que el gobierno francés ponía en venta la torre Eiffel porque, a fin de cuentas, nunca se había concebido como una edificación permanente sino como símbolo temporal de la Exposición Universal.

Además, muchos ciudadanos opinaban que una estructura así no encajaba en el cielo de París, entre iglesias góticas y edificios neoclásicos. Les explicó que el costo de mantenimiento, había sido el detonante de la decisión, pero que por otro lado, ya había una parte de la opinión pública, los modernistas, que se habían acostumbrado a la torre y podrían oponerse, de modo que la decisión de quitarla tendría que mantenerse en secreto hasta el último momento para evitar protestas. Como había sido construida con piezas atornilladas en vez de remaches, lo mejor sería desmantelarla y venderla como chatarra. 

Lustig llevó a los interesados en una limusina con escudos oficiales a ver la torre y no faltó quien comentara que algunos de los arabescos de los arcos tendrían un gran valor como piezas ornamentales al desmontarlas. El "alto funcionario" les explicó que los interesados deberían presentar sus ofertas a la mayor brevedad pero como se trataba de un proyecto secreto, todo contacto sería directa y únicamente con él. Lustig se percató pronto que uno de los convocados, el señor André Poisson, sería el mejor candidato en aquel negocio, es decir la víctima adecuada.

Poisson era un hombre inseguro, que sentía que su dinero y sus negocios aún no le habían proporcionado el puesto que merecía en la comunidad empresarial de Francia. Una operación prestigiosa como ésta, sin duda le daría la fama que estaba buscando. En reunión privada con él, Lustig le sugirió que convenía acompañar su oferta con un anticipo de 250 mil francos como muestra de solvencia y de seriedad, lo que le otorgaría muchos puntos a su favor. En la conversación, Lustig se refirió a sí mismo como alguien que, aunque influyente en importantes negocios, era a fin de cuentas un burócrata mal remunerado.

Diciembre 2014

Poisson encontró la sugerencia de lo más normal pues pensó que nada autentifica mejor a un funcionario gubernamental que la corrupción y él, como empresario experto, sabía manejar ese tipo de situaciones. Al día siguiente, Lustig recibió no sólo el anticipo de la oferta que André Poisson hacía para adquirir la torre Eiffel, sino un generoso soborno para el buen servidor público. Así quedaron tan amigos y a la espera de la respuesta oficial del Ministerio, que no tardaría en llegar. Ese mismo día, Lustig y su ayudante, un americano de nombre Robert Arthur Tourbillon, que había servido de chofer de la limusina, ya iban rumbo a Viena con una maleta llena de billetes.

En los días siguientes, Lustig buscó con interés la noticia de la estafa en la prensa internacional, pero nada ocurrió. El pobre chatarrero, tras darse cuenta de que había sido engañado, tuvo que tragarse su vergüenza y no denunciar el hecho a las autoridades, porque también él era culpable de soborno.

Tras el éxito de la operación, Lustig permaneció un par de meses en Viena y al ver que nadie lo buscaba, decidió repetir el engaño. Regresó a París y fingió nuevamente vender la torre, pero esta vez alguien alertó a la policía antes de lo previsto y tuvo que huir de Francia salvándose por los pelos de ser detenido. Su destino fue Estados Unidos, donde continuó con su carrera de engaños sorprendentes hasta que la policía le dio caza y lo encerraron en Alcatraz, y allí permaneció hasta su muerte en el año 1947. Un auténtico figura el tal Lustig.

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