Google+ Aislado en este planeta: El empecinado

sábado, 3 de septiembre de 2016

El empecinado

Alguien que se obstina en una idea, que solo tiene el propósito de mantenerla y que no hay argumento que doblegue su intención, se conoce como un empecinado.

Este país, o sea, España, es rica en este tipo de personajes. Ocurre que con esta mentalidad cuando alguien abraza una idea, hace de ella su consigna vital. De nada sirven argumentos razonados y razonables que demuestren que la verdad no es única, que las cosas admiten cierta subjetividad y que el contrario también puede tener razón sin que por ello uno pierda la suya. Somos raciales, sin matices, de blanco o negro, conmigo o contra mí y lo que yo digo va a misa, y esto en cualquier aspecto de la vida ya sea la religión el fútbol, la política o el trabajo, A veces se trata solo de cabezonería. En otros casos detrás de una actitud pertinaz se esconden intereses de difícil justificación.

El problema del empecinamiento es que tiene difícil marcha atrás. Cuando alguien ha hecho pública proclama de su intención y la ha adornado de argumentos de una sola lectura, que suelen ir a la medida del interesado, es muy difícil rectificar. Hay que tener mucha cintura y una gran capacidad intelectual para admitir que otros pueden tener ideas que en muchas casos pueden mejorar la propia, bien por ser más ingeniosas o más oportunas y todo ello sin sentir la vergüenza de una derrota personal. 

En nuestra historia, hay cientos de ejemplos de empecinamiento y comportamiento baturro, dicho en sentido de obstinado, pertinaz, terco, tozudo, testarudo, entestado y contumaz. El más reciente de los ejemplos lo estamos viviendo en la política española con la actitud de Pedro Sánchez y sus secuaces que se mantienen sordos e impermeables a las miles de opiniones que ya son clamor y que les demandan un poco de sensatez y generosidad. Lo que se dice, apearse del burro de una puñetera vez en beneficio del país, pero ellos están a lo suyo mientras disimulan sus verdaderas intenciones con un discurso retórico y falaz.

Pero el más famoso obstinado de nuestra historia, precisamente porque acuñó el calificativo a su favor, fue Juan Martín Díez, conocido como "el Empecinado", un militar español, héroe de la Guerra de la Independencia en la que participó como jefe de una de las temerarias guerrillas que derrotaron en repetidas ocasiones al ejército francés.

Retrato de Juan Martín Díez por Francisco de Goya

Este hombre había nacido en Castrillo de Duero, Valladolid, en 1775 y adquirió experiencia como soldado combatiendo contra Francia en la Guerra del Rosellón. Tras el levantamiento popular de 1808, que marcó el comienzo la Guerra de la Independencia, se unió a las fuerzas del general Cuesta, que sólo cosecharon derrotas en el campo militar.

Martín era consciente de la dificultad de vencer al poderoso ejército napoleónico en la guerra convencional así que organizó partidas de guerrilleros para hostigar a los franceses con acciones rápidas que les causaban daños y dificultades con escaso coste para los insurrectos. Su campo de acción se extendió por las provincias de Valladolid, Burgos, Segovia, Guadalajara y Cuenca, formando diversas partidas que llegaron a sumar un total de unos diez mil hombres. Wellington que comandaba las tropas aliadas que plantaron cara a Napoleón, actuó en coordinación con la guerrilla y la imagen del Empecinado creció hasta convertirse en un héroe mítico ante sus paisanos. 

Los franceses intentaron su captura sin éxito, lo que acrecentó aún más su imagen de luchador irreductible y fue reconocido por la Junta Central de Cádiz con el grado de general. Parece ser que el apelativo de "el Empecinado" le vendría de su pueblo, pues así se conocían a los habitantes de Castrillo por la abundancia de pecina, un lodo negro procedente del río Botijas que convertía a sus habitantes en gentes desastradas y sucias. Pero la actitud del guerrillero ante los franceses cambió el significado del término por otro más noble y pasó a ser sinónimo de constancia, determinación y voluntad inquebrantable.

Cuando, tras la derrota francesa, Fernando VII recuperó el Trono y restauró el absolutismo monárquico rechazando las ideas de las Cortes de Cádiz, el Empecinado se declaró partidario de los liberales y esto ocasionó que Fernando VII le confinara en Valladolid. Tras el pronunciamiento de Riego en 1820, comenzó el trienio liberal que trajo la restauración de la Constitución de 1812 y la rehabilitación de Juan Martín, que volvió a ocupar cargos de responsabilidad en la Administración liberal. Participó en la resistencia contra la nueva invasión francesa de los "Cien mil hijos de San Luis", que en 1823 vinieron a acabar con la experiencia liberal en España y lo consiguieron. Aunque se exilió en Portugal por un breve periodo, regresó a España para defender a sus hombres y fue detenido y encarcelado en el castillo de Roa donde, tras una farsa de juicio, fue condenado a muerte. No se respetó su deseo y su derecho de ser fusilado como militar y fue ahorcado por expreso deseo de Fernando VII, el rey más felón que ha tenido España.

Esta es la historia de un empecinamiento por causas nobles. Siempre luchó contra los enemigos de España y siempre defendió sus ideas liberales. No le mataron los franceses pero si lo hicieron sus propios compatriotas. Su figura fue reivindicada por Benito Pérez Galdós en los Episodios Nacionales y su retrato fue inmortalizado por Francisco de Goya.
¡Nada que ver con la página histórica que están escribiendo nuestros empecinados del siglo XXI!

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