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sábado, 5 de noviembre de 2016

El Vaticano (I)

Plano del Estado Vaticano


Cuando se visita la ciudad de Roma y en concreto la Plaza de San Pedro, es fácil e inadvertido cruzar una frontera invisible para pasar un rato a otro país. Se trata del Estado de la Ciudad del Vaticano, un diminuto país soberano e independiente situado en el corazón de Roma, que tiene un tamaño de 44 hectáreas y unos 900 habitantes. Veamos qué origen tiene esta curiosidad histórica y cuál es su significado en la época actual.



Historia

El Vaticano es la sede de los Estados Pontificios o "Estados de la Iglesia" que estuvieron formados por un conjunto de territorios centro-italianos que se mantuvieron como estado independiente entre los años 752 y 1870 bajo la autoridad civil de los papas, y cuya capital fue Roma.

El nombre de Vaticano puede tener su origen en un antiguo pueblo etrusco llamado Vaticum que pudo radicarse sobre la margen izquierda del río Tíber en una colina con dicho nombre. El emperador Constantino el Grande (307-337) debido a su conversión a la religión cristiana, instauró la paz con la Iglesia, permitiendo que el cristianismo saliera de la clandestinidad y obtuviera un estatuto jurídico privilegiado 

Plaza y Basílica de San Pedro

En el siglo IV, al pie de la Colina Vaticana se comenzó a edificar lo que luego sería la Basílica de San Pedro. Según testimonios arqueológicos, allí fue enterrado el primer papa. Los pontífices medievales compraron el territorio que quedó comunicado con Roma a través del Pons Aelius, hoy conocido como puente de Sant'Angelo, mandado construir por Adriano para dar acceso al castillo que en origen fue su mausoleo.

Carlomagno fue coronado emperador del Sacro Imperio Románico,
en Roma, el 25 de diciembre de año 800 por el papa León III 
En el año 756 este territorio fue oficialmente cedido al papado por Pipino el Breve, primer monarca de los francos, como agradecimiento por haberlo nombrado rey. Sus posesiones se fueron ampliando a través de donaciones, adquisiciones y conquistas y, de esta forma, los futuros Estados Pontificios, legalmente establecidos por Carlomagno en el siglo IX, llegaron a abarcar prácticamente toda la zona central de Italia.

En el siglo XIV la Iglesia vivió una gran crisis provocada principalmente por Felipe IV de Francia y la ambición de algunos cardenales, que originó el traslado de la sede pontificia a Avignon. Durante más de un siglo, en aquel periodo conocido como el "Gran Cisma", donde se sucedieron siete papas, Roma dejo de ser la sede de los Estados Pontificios. 

Otro incidente importante en la historia vaticana ocurrió cuando en 1797, Napoleón Bonaparte se apoderó de este territorio, creando la República Romana. Aquella situación finalizó en 1815 cuando el Congreso de Viena, tras la caída de Napoleón, restituyó al papado sus antiguas posesiones.

El estatus de los Estados Pontificios cambió radicalmente en 1870 cuando el rey italiano Victor Manuel II capturó la ciudad de Roma y la declaró capital de Italia el 1 de enero de 1871, terminando así con los Estados Pontificios. El Papa Pío IX cuestionó la legitimidad de aquella conquista proclamando que era prisionero en la Ciudad del Vaticano. Durante varios decenios los papas mostraron una actitud beligerante contra el Estado Italiano y su Constitución, que reflejaba la creciente secularización generalizada en toda la sociedad de Europa.

Tuvieron que transcurrir 58 años hasta que llegase un acuerdo para solventar la situación. Fue en febrero de 1929 cuando se firmaron los Pactos de Letrán, que suponían un compromiso de reconocimiento mutuo y de establecimiento de relaciones entre el Reino de Italia y la Santa Sede. Eran los tiempos del rey Víctor Manuel III con Benito Mussolini como primer ministro y el Secretario de Estado Pietro Gasparri, en nombre de la Santa Sede.

Monumento a Victor Manuel II, artífice de la reunificación italiana

Así se zanjó el viejo problema de 1870, conocido como "la cuestión romana", y se creó la ciudad del Vaticano con la calificación de Estado Independiente, bajo la soberanía del Papa. Los Pactos de Letrán dejaron constancia de la neutralidad e inviolabilidad del nuevo Estado, aceptando Italia el catolicismo como religión oficial. El Tratado fue incorporado a la Constitución de la República Italiana. 


   Vaticano (II)  


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