Google+ Aislado en este planeta: La conquista de la Florida

sábado, 19 de noviembre de 2016

La conquista de la Florida

Hernando de Soto y el Inca Garcilaso

El Inca Garcilaso de la Vega nos da cuenta, en una de sus crónicas histórico-literarias titulada "La Florida del Inca", de la expedición del conquistador español Hernando de Soto a la península de la Florida, en los años de 1539 a 1543.

Supuesto retrato del Inca Garcilaso
Garcilaso de la Vega nunca estuvo en Florida. Había nacido en Cuzco, Perú, en 1539, hijo de un capitán español y de una princesa inca, era por tanto un auténtico mestizo. Se trasladó a España en 1560, respaldado por una herencia de su padre, lo que le permitió viajar, ampliar su cultura y alternar la carrera militar con la literatura.

Parece que hacia 1585 se hallaba radicado en Montilla, dispuesto a desarrollar sus proyectos literarios basados en la muy reciente historia del continente americano, cuando se rencontró con un soldado que había conocido en Cuzco llamado Gonzalo Silvestre, que le relató con gran detalle los hechos de aquella expedición, con los que el Inca Garcilaso apañó su historia. No obstante la publicación de la obra se demoró varios años, pues la fue completando con nuevas narraciones de otros soldados que habían participado en la conquista.

La obra vio la luz en Lisboa en el año 1605 y en ella se relatan las andanzas de los conquistadores españoles en la península de la Florida además de una descripción detallada del entorno geográfico y de las costumbres de los indígenas. El Indio Garcilaso reivindicó el rigor histórico de su obra, aunque sin duda tuvo que hilvanarla con algunos detalles de su invención para dar continuidad al relato. El resultado se puede considerar una novela histórica de gran valor, a la altura de las mejores obras de la narrativa castellana.

Hernando de Soto era extremeño, quizás de Villanueva de Barcarrota, aunque no hay certeza de su lugar de nacimiento que debió ocurrir hacia 1500. A los quince años ya estaba de camino a las Indias a las órdenes del gobernador de Panamá. Ascendió rápidamente a capitán de caballería y participo en diversas conquistas en Centroamérica. En 1523 recorrió Nicaragua y Honduras al servicio de Fernández de Córdoba. Más tarde, por su cuenta, exploró la península del Yucatán buscando un estrecho que permitiera el paso del Atlántico al Pacífico. En 1534 se unió al ejército de Francisco Pizarro en la conquista del Perú, donde obtuvo un cuantioso botín procedente del reparto del tesoro que Atahualpa pagó infructuosamente por su libertad.

No obstante, Hernando quería más y su gran objetivo era conquistar grandes imperios como ya lo habían hecho Cortés y Pizarro. En 1538 fue nombrado Adelantado y Capitán de todas las tierras que conquistase para el Imperio, así que fijo su objetivo en la conquista de Florida y las tierras más al norte.

La Florida se conocía desde 1513 cuando Juan Ponce de León desembarcó aquella primavera en una exótica tierra que, por ser descubierta el Domingo de Resurrección, fue bautizada como "Tierra de la Pascua Florida". Posteriormente, otra expedición al mando de Pánfilo de Narváez, en 1528, recorrió las costas de Florida y el golfo de México hasta que una tormenta barrió las naves y acabó con los expedicionarios. Narváez murió cerca del delta del Misisipi y los escasos supervivientes emprendieron un regreso errático, por tierra, que les llevó durante ocho años, a cruzar el continente hasta la costa del Pacífico para acabar reencontrándose con tropas españolas cerca de la actual Ciudad de México.

Con aquellos antecedentes, una expedición de 11 naves y 950 hombres partió el 6 de abril de 1538 de Sanlúcar de Barrameda y llegó a Santiago de Cuba a finales del mes de mayo. El emperador Carlos I había nombrado a Soto gobernador de La Habana, así que aprovecho su condición para preparar cuidadosamente una aventura que el mismo tenía que financiar. Hernando de Soto partió de La Habana en dirección a La Florida el 18 de mayo de 1539 con 650 hombres y 220 caballos además de toda suerte de armas, alimentos y herramientas. Una semana después desembarcaron en la bahía de Tampa o del Espíritu Santo y pronto se dieron cuenta de que aquellas tierras eran malsanas, húmedas, con un calor asfixiante y plagadas de serpientes y mosquitos, a lo que había que sumar la hostilidad de los nativos.

Estaba seguro de que en aquella tierra, aunque fuera inhóspita, le aguardaban fabulosos tesoros, similares a los que se obtuvieron en la conquista de México y Perú. La primera avanzadilla de reconocimiento descubrió a un hombre que, a pesar de su ropaje indio, daba voces en castellano. Se trataba de un tal Juan Ortiz, que había sido enviado once años atrás para tratar de averiguar qué había pasado con Pánfilo de Narváez y que se había quedado viviendo entre los nativos. Gracias a este inesperado encuentro, Hernando de Soto contaba ahora con un valioso intérprete para entenderse con la población indígena aunque el idioma que más se utilizó con ellos fue el de las armas.


Desde el comienzo, la pesada marcha estuvo salpicada de encontronazos nada amistosos con los nativos. De Soto no dudaba en secuestrar a los jefes de las tribus, esclavizar a sus hombres para utilizarlos de porteadores y permitir que se violara a sus mujeres. La conquista era un escenario sin ley donde solo cabía la violencia y la crueldad que Soto tuvo que emplear sin distinción con los indios y con sus tropas.

Pasaban los meses y los tesoros soñados no aparecían por ninguna parte. Los hombres que se habían sumado a aquella aventura esperaban obtener el botín prometido y la ausencia de resultados pronto empezó a desesperarles, lo que desató los primeros indicios de sedición.

En octubre de 1539, las tropas de Hernando de Soto alcanzaron el territorio de los Apalachee y se apropiaron de su principal poblado, Anhaica, que convirtieron en su primer cuartel de invierno. En 1987, se descubrieron los restos de este campamento, situado cerca de Tallahassee, la capital de Florida, y hasta ahora es el único testimonio arqueológico de aquella larga expedición. En Anhaica se celebró la primera Navidad en los Estados Unidos, aunque no debió una noche de paz ya que los choques con los nativos y las escaramuzas fueron constantes en aquellos días.

Dominios del Imperio español en la época de las trece colonias

En marzo de 1540, la expedición retomó su marcha hacia lo que hoy conocemos como Georgia. La desesperada búsqueda de tesoros continuó después por las dos Carolinas, para luego girar hacia el oeste, por tierras de Tennessee. Después, la marcha volvió a atravesar Georgia, pasando sin saberlo muy cerca de Dahlonega, pero ellos no podían saber que en 1829, se convertiría en el lugar de la primera gran fiebre del oro en los EE.UU con el hallazgo de un gran yacimiento.

Después se internaron en Alabama, donde se desató la sangrienta batalla de Mauvila, en la que Soto perdió a decenas de hombres, si bien las víctimas entre los Tascaluza pudieron ser miles, según algunas estimaciones. Aunque los españoles ganaron la batalla, perdieron la mayor parte de sus pertrechos y cuarenta caballos. Resultaron numerosos heridos, otros enfermaron y todos se encontraron desprotegidos en un territorio desconocido y hostil, rodeados de enemigos.

Tras este episodio, rico en sangre y sufrimiento y carente de botín, las tropas de Soto perdieron las esperanzas y sólo deseaban volver a la costa, encontrar sus naves y regresar a Cuba. En cambio el capitán soñaba todavía, con hacer nuevos descubrimientos así que temiendo verse abandonado prohibió de forma implacable acercarse a los barcos y ordenó seguir la marcha. Entraron en lo que hoy es el estado de Misisipi, donde tuvieron nuevos conflictos con los nativos y aquel ejército continuó desangrándose.

En mayo de 1541 alcanzaron un impresionante caudal de agua que fluía hacia el sur. Era el río Misisipi. Tuvieron que construir una serie de embarcaciones para poder cruzarlo y continuar su errático viaje por tierras de la actual Arkansas. En el siguiente invierno, el estado de los españoles era deplorable. Las enfermedades y la malnutrición causaban estragos, cobrándose la vida, entre otros, del intérprete Juan Ortiz.

El cadáver de Hernando de Soto depositado en el río Misisipi
(óleo de Monleón y Torres 1887)

El propio Hernando de Soto cayó enfermo y en la primavera de 1542, falleció entre grandes muestras de fe y devoción, según el relato del Inca Garcilaso. Sus hombres, compañeros en aquella aventura, dejaron que sus restos reposasen en el fondo del Misisipi.

Tras la muerte del conquistador, los supervivientes de la expedición, ahora bajo el mando de Luis Moscoso de Alvarado, aún siguieron viajando más de un año, tratando de encontrar el camino a casa. Por fin, en julio de 1543 se embarcaron río abajo por el Misisipi hasta el Golfo de México y siguiendo la costa, se reencontraron con los españoles en el poblado de Pánuco, en el estado de Veracruz. Habían pasado más de cuatro años desde que desembarcaron en la bahía de Tampa y sólo consiguieron terminar con vida 300 expedicionarios, menos de la mitad y todos ellos con las manos vacías.

Hernando de Soto fue un personaje más bien siniestro, que no fundó ciudades ni estableció alianzas con los indios. Tampoco cartografió la zona ni estudió su fauna y flora: Más bien, dejó tras de sí un reguero de destrucción y muerte que no pudo evitar. Pero sin duda, marcó el camino para que otros le siguieran en el intento de dominar aquellos territorios. Gracias a su empeño nuevas expediciones lograron asentar el dominio de España en el sureste de Norteamérica durante más de tres siglos. Hoy en día, su nombre se recuerda en numerosos, condados, parques, ciudades e instituciones de los Estados Unidos. Por el contrario, en España, es un personaje casi desconocido.

Puente Hernando de Soto en Memphis, Tennessee

Volviendo al autor de estas crónicas, Garcilaso de la Vega, llamado El Inca, sabemos que en los años siguientes publicó sus más destacadas obras: "Comentarios Reales de los Incas" e "Historia general del Perú", que son parte destacada de su proyecto historiográfico en torno a la conquista e instauración del Virreinato del Perú.

El Inca Garcilaso falleció en Córdoba, el 23 de abril de 1616. Se ha cumplido por tanto este año, el cuatrocientos aniversario de su muerte, ocurrida en la misma fecha (más o menos) que otros grandes de la literatura universal, Miguel de Cervantes y William Shakespeare, cuyos centenarios se han conmemorado este año.

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