Google+ Aislado en este planeta: El duelo de honor

martes, 10 de enero de 2017

El duelo de honor

El honor es un concepto que hoy en día está obsoleto. Ya nadie se fía de nadie en base a la palabra dada o en el compromiso rubricado con un apretón de manos. Nada es lo que parece y así las personas más adornadas de vestuario o palabrería, a menudo te defraudan con su conducta o directamente te engañan. Quien antaño actuaba así, carecía de honor y quedaba devaluado socialmente, pero ahora eso no tiene importancia pues el más golfo puede resultar atractivo y respetado no tanto por sus méritos como por el deteriorado criterio de valoración que le aplica esta sociedad.

Hubo una época en que el honor, o mejor dicho, la afrenta al honor podía resolverse en un pleito de armas, en un enfrentamiento cara a cara, a espada o a pistola y de ese modo lavar la ofensa, cargarse de razón y recuperar el honor según se entendía con aquella anacrónica moralidad. Siempre hubo desafíos para dirimir diferencias y se ha dicho que el duelo fue "la primera herramienta descubierta por la civilización, como medio para reconciliar los instintos brutales del hombre con el ideal de justicia".

Si nos remontamos mil años atrás, el duelo adoptaba la forma de "juicio por combate" o "duelo judicial", un sistema recogido en el derecho germánico para resolver acusaciones y afrentas al honor en ausencia de testigos, que se resolvían mediante combate singular. El ganador de la pelea era proclamado como poseedor de la razón. En realidad era Dios, conocedor de la verdad, quien otorgaba la victoria, sancionando así al vencedor e impartiendo una justicia que se aceptó sin discusión durante todo el medievo europeo.

A lo largo de la Edad Media, las leyes del duelo se van depurando. En aquellos tiempos, sólo pueden desafiarse aquellos con un estatus determinado. Las peleas del vulgo y de los siervos no se consideran duelos a los ojos legales. Un duelo sólo puede hacerlo aquel elegido por Dios para portar armas, es decir, los nobles. La plebe y especialmente el clero tenían prohibido el derramamiento de sangre, y toda confrontación con resultado de muerte era considerada asesinato. En las peleas medievales se buscaba una equidad entre los contrincantes, que debían ser de similar clase social, bajo el principio de "armas y cuerpos iguales". Si no se daba esta condición se establecían compensaciones en forma de trabas físicas para equipararse con el adversario.

Avanzando el tiempo, el duelo fue adoptando distintas reglas y rituales pero en su forma más depurada que corresponde al siglo XIX, el duelo se desarrollaba por voluntad de una de las partes, el desafiante, para lavar una injuria u ofensa a su honor. El objetivo no era matar al oponente, sino lograr "satisfacción" y restaurar el honor propio, cosa que se obtenía por el hecho de poner en juego la vida para defenderlo.

Los "códigos de honor" señalaban que para que hubiera duelo se necesitaban algunas condiciones básicas: una injuria u ofensa al honor o a la dignidad. La ofensa podía ser de palabra o de obra y aunque en teoría debía ser grave, su valoración era subjetiva y en la práctica, era el ofendido quien establecía su gravedad.

Cada parte en disputa debía elegir un padrino, a veces dos, personas de máxima confianza, que acordaban el sitio del combate o "campo de honor", eligiendo lugares que estuvieran aislados para impedir interrupciones y por la misma razón, los duelos se efectuaban tradicionalmente al amanecer. También era misión de los padrinos comprobar que las armas fueran iguales, que se cumplían las condiciones pactadas, que el desarrollo del duelo resultara justo y afrontar el resultado posterior asistiendo al herido o enterrando al muerto, además de testificar ante las autoridades.

Duelo a garrotazos. Goya retrata un enfrentamiento poco civilizado

Tradicionalmente los duelos se celebraban a espada y en tiempos posteriores a pistola. Después de recibir una ofensa que podía ser real o imaginaria, el ofendido exigía satisfacción al ofensor con un gesto insultante como era lanzarle un guante o golpearle con él. De este modo el presunto ofensor debía responder como caballero aceptando el duelo pues de otro modo quedaba deshonrado. La parte ofendida podía fijar la dureza del duelo pudiendo ser a primera sangre, es decir hasta que había un herido o bien hasta la incapacidad de un contendiente y en un grado extremo, a muerte. También era privilegio de la parte ofendida detener el duelo en cualquier momento, si creía satisfecho su honor.

En los duelos a pistola hubo que introducir nuevas normas. Los contrincantes debían colocarse espalda contra espalda con las armas cargadas en la mano, caminar a una señal un número prefijado de pasos, volverse hacia el oponente y disparar. Los disparos podían ser simultáneos o bien alternativos comenzando por la parte ofendida. Frecuentemente el duelo era un compromiso inevitable para salvar el honor, aunque no perseguía tanto el daño al contrario como el salir airoso del trance. Así muchos duelos terminaban al primer disparo, sin heridos, incluso errando el tiro intencionadamente pero otras veces la cosa iba en serio y aquello terminaba con la muerte de uno de los duelistas.

El tema del duelo fue recogido en la legislación de muchos países, aunque sobre todo se regulaba por normas de tradición y costumbre. A partir del siglo XIX, con una aplicación de la Justicia más evolucionada, los contenciosos pasaron a dirimirse en los tribunales y los duelos fueron perdiendo terreno. En España, el último de los duelos de que se tiene constancia ocurrió en Zaragoza en 1906 entre dos periodistas. No debió ser muy limpia la contienda porque uno de los protagonistas murió de un tiro en la espalda y el otro pasó un año en la cárcel.

Aunque por aquellas fechas los duelos en España ya estaban fuera de la ley, en pocos casos hubo penas legales pues los duelistas gozaban de una consideración social de "caballeros de honor" a los que se aplicaba una generosa tolerancia. Incluso se daba la paradoja de que mientras en las leyes civiles estaban prohibidos, en la Justicia Militar se podía procesar al oficial que no sabía defender su honor al rehusar batirse en duelo.

A lo largo del siglo XX aún quedan reminiscencias de los duelos románticos, sobre todo en Sudamérica. Países como México, Argentina y Uruguay tienen numerosos episodios de desafíos de honor en los que se vieron involucrados políticos y otros personajes públicos. Son destacables los casos de Salvador Allende que se batió en 1952 con otro senador por una disputa política, en la que ambos resultaron ilesos. En Argentina, Hipólito Yrigoyen, antes de ser presidente, se batió a espada con un rival político. Lo mismo ocurrió con el expresidente uruguayo José Batlle que acabó con la vida de un joven periodista a quien había retado por sentirse ofendido. En 1968, el almirante Benigno Varela y el abogado y periodista Yolivan Biglieri se batieron en duelo a sable, resultando ambos heridos en el último episodio del que hay constancia en Argentina.

En la actualidad aquella agresividad del duelo ha sido sublimada en las modernas competiciones deportivas donde se compite por la victoria o el dinero, de modo que el concepto de honor queda bastante olvidado. Incluso los duelos con armas han derivado en deportes olímpicos como la esgrima y el tiro a pistola.


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