Google+ Aislado en este planeta: Asesinados ilustres

domingo, 21 de enero de 2018

Asesinados ilustres

La historia de España durante el siglo XIX fue especialmente "divertida". Estuvo plagada de hechos desgraciados que hicieron madurar a la sociedad española dando tumbos, intentando salir de un régimen absolutista para llegar a otro parlamentario y liberal. Como no podía ser de otro modo, este tránsito se hizo a garrotazos, como bien había presagiado Goya en su famoso cuadro.

¿España?

El inventario de broncas y violencias de este periodo es sobrecogedor. Docenas de pronunciamientos militares, varios gobiernos derrocados, una reina destronada, dos cambios de dinastía, dos reyes extranjeros, tres guerras carlistas, una república con dos modelos, guerras en Cuba y Filipinas, cinco constituciones y un centenar de presidentes de gobierno. Son méritos suficientes para considerar a este siglo el más convulso de la historia de España.

Entre tanta violencia corrió la sangre en abundancia destacando las masacres que supusieron la Guerra de la Independencia, con medio millón de muertos y la Primera Guerra Carlista, que llevó a la tumba a doscientos mil españoles, en un país que no llegaba a los 15 millones de habitantes. Pero fuera de los escenarios bélicos convencionales un nuevo fenómeno cobró fuerza en este siglo convirtiéndose en una auténtica lacra social. Se trata del Anarquismo, una filosofía política que busca la abolición del Estado representante del monopolio de la fuerza y por extensión, el rechazo de la autoridad y de la ley. Para ello, los anarquistas no dudan en usar la "acción directa" es decir, el atentado como medio para eliminar al "opresor", sea este el político, el empresario o simplemente el opositor ideológico. Entre las acciones anarquistas destacan los magnicidios que buscaban la muerte de personalidades políticas o incluso del monarca. Cuatro fueron los Presidentes de Gobierno asesinados mediante un complot organizado que además de la mano ejecutora siempre contaba con ideólogos en la sombra.

Juan Prim
El primero de ellos fue Juan Prim y Prats, un monárquico revolucionario que destronó a Isabel II para regenerar la monarquía en la figura de Amadeo de Saboya. Cuando murió, con 56 años, era presidente del Consejo de Ministros y ministro de la Guerra, capitán general de los Ejércitos, marqués de los Castillejos y conde de Reus. Aquel día había conseguido la aprobación de las últimas propuestas relacionadas con la Casa Real y al día siguiente tenía que viajar a Cartagena a recibir al nuevo monarca. Sufrió el atentado cuando el rey italiano navegaba hacia España de modo que este, solo pudo llegar a los funerales de Prim. El atentado ocurrió el 27 de diciembre de 1870 en la calle del Turco, donde asaltaron el carruaje del Presidente y aunque la versión oficial siempre ha mantenido que Prim murió tres días después, a causa de las heridas de bala que se infectaron, una investigación reciente sugiere que fue estrangulado en su lecho. De ser cierto, el complot le persiguió aun dentro de su casa, pero la autoría sigue siendo un misterio.

Antonio Cánovas
El 3 de enero de 1874, el general Pavía disolvió la Asamblea republicana e inició el periodo de la Restauración. No fue entrando a caballo en las Cortes, pues este hecho nunca ocurrió, sino que lo hizo enviando soldados a tomar el Congreso. Después delegó el gobierno en Antonio Cánovas del Castillo, un malagueño curtido en política al estilo inglés, que se encargó primero de la regencia y después del Gobierno, a la llegada de Alfonso XII como nuevo rey. 

El 8 de agosto de 1897, Cánovas fue asesinado por un anarquista italiano, Michele Angiolillo, que en solitario llegó hasta el, haciéndose pasar por corresponsal de prensa, en el balneario guipuzcoano de Santa Águeda, en Mondragón, mientras el presidente leía un periódico sentado en un banco. Le disparó en la cabeza y en el pecho causándole la muerte instantánea. Al parecer, el motivo fue la venganza de sus camaradas, ejecutados por los hechos ocurridos el año anterior en Barcelona durante la procesión del Corpus. En aquel día, una explosión mató a seis personas y otras cuarenta resultaron heridas. El atentado anarquista desató una represión en la que cientos de personas fueron detenidas y juzgadas en el proceso de Montjuic, con el resultado de 28 condenas a muerte que se ejecutaron días después. El asesino de Cánovas fue juzgado y condenado a morir en el garrote vil, apenas doce días después del crimen, el 20 de agosto de 1897.

José Canalejas
En el siguiente magnicidio cambiamos de siglo, pero no de estilo. En 1912 el presidente del Consejo de Ministros era José Canalejas y Méndez, un político progresista y anticlerical nacido en Ferrol, que a lo largo de su dilatada vida pública ocupó numerosos cargos en las Cortes y fue ministro en varias ocasiones en los gobiernos de la época. También tuvo una actividad intelectual notable y se involucró en las campañas militares de la isla de Cuba. Se enfrentó a los sectores más católicos y reaccionarios y con el propio Vaticano, a raíz de aprobar la llamada Ley del Candado que impedía establecer nuevas órdenes religiosas, decisión que provocó un clima de auténtica crispación social. El 12 de noviembre de 1912, el presidente Canalejas paseaba por el centro de Madrid cuando el anarquista aragonés Manuel Pardiñas le disparó en la cabeza cuando se detuvo en el escaparate de una librería de la Puerta del Sol. Aunque los guardaespaldas se encontraban cerca, nada pudieron hacer por salvarlo. Cuando intentaron detener al asesino, este se suicidó con la misma pistola del atentado.

Eduardo Dato
El último de esta serie de crímenes tuvo lugar junto a la Puerta de Alcalá, en Madrid, el 8 de marzo de 1921. Una moto con sidecar ocupada por tres individuos, se aproximó al coche oficial del presidente Eduardo Dato Iradier. Los pistoleros que bien, eran anarquistas o sicarios a sueldo, abrieron fuego con varias pistolas, alcanzando al presidente con siete balas. El presidente Dato no sobrevivió siquiera al traslado a la Casa de Socorro más cercana. Las investigaciones policiales establecieron que la muerte de Dato se debió a un atentado anarquista, que la organización justificaba como una venganza por la represión del anarcosindicalismo en Barcelona. También estableció que los autores materiales del asesinato fueron Pedro Matehu, Juan Casanellas y Luis Nicolau. 

Este último huyó a Alemania, pero fue extraditado. Casanellas se ocultó en Rusia, donde cambió de nombre y se hizo comunista y Matéu, que no abandonó Madrid, cayó en manos de la policía cinco días más tarde. Matehu y Nicolau fueron juzgados y condenados a muerte, pero Alfonso XIII les salvó del patíbulo conmutando la pena por 30 años de prisión. Al proclamarse la República fueron favorecidos por un indulto, por lo que los dos asesinos quedaron en libertad. Casanellas falleció en 1933 en un accidente de moto; Nicolau, fue fusilado al final de la Guerra Civil, en 1939, y Mateu en 1982, en el sur de Francia donde pasó el resto de su vida.

España llevaba mucho tiempo ensayando la locura y dos años más tarde del último atentado, Primo de Rivera dio un golpe de Estado implantando una dictadura de ocho años. Después cayó la Monarquía, proclamándose la II República y como todo fue de mal en peor, aquello desembocó en la Guerra Civil Española en 1936, de triste recuerdo y de sombra muy alargada.

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