Google+ Aislado en este planeta: Horacio Echevarrieta, el magnate olvidado

sábado, 31 de marzo de 2018

Horacio Echevarrieta, el magnate olvidado

En la playa de Ereaga, en el municipio vizcaíno de Getxo, se puede contemplar una enorme construcción de hormigón armado que sirve de muro de contención, sobre el cual se levantó un lujoso palacio a comienzos del siglo XX, ya desaparecido. Se trata de las Galerías Punta Begoña, que ahora se encuentran en fase de recuperación. El autor de tan singular obra fue D. Horacio Echevarrieta.

Galerías Punta Begoña, en Getxo

Este empresario vasco, nació en 1870, en aquel mismo barrio, Neguri, colonizado en aquellos años por la burguesía vizcaína. Se trata de un personaje de múltiples facetas con ciertas actitudes a todas luces contradictorias, atribuibles a su particular y flexible ideología que le permitía cambiar con libertad su posición ante la vida, dependiendo de las circunstancias y de las oportunidades de negocio.

Nacido en una de las familias más ricas de Vizcaya, heredó todo el imperio empresarial familiar tras el fallecimiento de su padre en 1903. En la herencia había minas de hierro, terrenos urbanos en el Ensanche de Bilbao y diversas participaciones en otras empresas. Además, heredó la posición política y el prestigio de su padre lo que le facilitó su carrera como diputado a Cortes por la Conjunción Republicana Socialista. Sin embargo, cultivó su amistad con Alfonso XIII, con quien compartió su afición a navegar y también algún que otro negocio.

Horacio Echevarrieta y Alfonso XIII
Durante la Primera Guerra Mundial exportó hierro de sus minas al Reino Unido y para ello creó una flota de cargueros que se aventuraron en las aguas en conflicto. Con mucho riesgo, ya que perdió tres de sus barcos, pero también con mucho beneficio. En 1917 abandonó la carrera política y decidió vender los ocho barcos de su flota. En la operación se embolsó 20 millones de pesetas que utilizó para comprar los astilleros gaditanos que habían fundado los hermanos Vea Murguía en 1892 y que estaban inactivos por falta de liquidez, renombrándolos como Astilleros de Echevarrieta y Larrinaga. Así comenzó una etapa de construcción naval que regentaría durante treinta años.

Además de las industrias mineras y de la naviera familiar, D. Horacio emprende nuevos negocios de distinta naturaleza tales como el hidroeléctrico, el urbanístico, y el aéreo, que dieron origen a empresas emblemáticas: Saltos del Duero, origen de Iberdrola, Cementos Portland, Compañía Iberia de aviación, Ferrocarril Metropolitano de Barcelona, el diario El Liberal y obras públicas tan destacadas como el Ensanche bilbaíno o la urbanización de la Gran Vía madrileña. También se le conocen numerosos negocios en sectores tan dispares como el automovilístico, la prospección petrolífera, el negocio inmobiliario, la banca o la explotación forestal.

Excéntrico, al igual que otros magnates de la época, dispuso de varias mansiones, colecciones de arte, automóviles de lujo, y también se prodigó en actos sociales y en competiciones náuticas de las que era un apasionado, siendo propietario de varios yates. Era hombre muy popular y gozaba de gran prestigio tanto en los círculos políticos como económicos. Tras el Desastre de Annual en 1921, en el que murieron 10.000 soldados españoles, el caudillo rifeño Abd-el-Krim había tomado presos a 600 hombres. En 1925, el dictador Primo de Rivera acudió a Echevarrieta para mediar en aquel conflicto y este aceptó la misión trasladándose con su yate a la bahía de Alhucemas. Allí, a pie de playa, se entrevistó con el caudillo marroquí, negoció de forma inflexible el rescate, pagó los cuatro millones de pesetas acordados y sacó de Marruecos hasta el último cautivo. A raíz de aquel éxito, su carisma nacional e internacional alcanzó las más altas cotas.

Echevarrieta con el caudillo Abd-el-Krim
Estando en la cresta de la ola, sus negocios le llevan de nuevo al sector naval y para incremento de su prestigio, los astilleros de Echevarrieta, construyen el buque escuela Juan Sebastián de Elcano de la Armada Española, uno de los mejores de su clase, que el pasado año cumplió sus cien años de navegación. 

La Dictadura de Primo de Rivera era consciente de la importancia del submarino en la guerra naval moderna y quienes entonces estaban más avanzados en la tecnología de los sumergibles eran los alemanes y los ingleses. Por otro lado, el gobierno alemán, a pesar de las rígidas restricciones del Tratado de Versalles, que prohibía cualquier actividad militar a Alemania tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, estaba dispuesto a emprender de forma clandestina, acciones de rearme. En 1926, el capitán de navío Wilhelm Canaris, futuro almirante de la marina nazi, junto con Walther Lohmann, el gestor de las finanzas secretas del ejercito alemán, entran en contacto con Horacio Echevarrieta para tantear la posibilidad de fabricación en los astilleros de Cádiz. Juntos crearon la trama financiera, política y tecnológica capaz de construir la mejor arma del momento: un prototipo precursor de los "u-boots" alemanes de la Segunda Guerra Mundial. 

Echevarrieta, que no se echaba atrás ante un negocio arriesgado, vio la jugada perfecta: tener acceso a la tecnología germana, construir por su cuenta el submarino que buscaba la Armada española,  y de paso, conseguir un navío que se podía vender a los alemanes y a cuantos países quisieran comprarlo. Las conversaciones con la Armada española incluían la fabricación de varias unidades del submarino, así como un contrato para el suministro de torpedos. Sin embargo, antes tenía que demostrar las bondades de su producto y para ello fabricar un prototipo y someterlo a pruebas. El compromiso con el Estado español se basaba únicamente en una conversación de Echevarrieta con el general Primo de Rivera. Nada de contratos, nada de protocolos y esta circunstancia, con una apuesta tan arriesgada, fue la que posteriormente le llevaría a la ruina.

Sorteando con habilidad los controles aduaneros, comenzó a recibir materiales del astillero holandés IvS de propiedad germana donde se fabricaban los componentes y también de la propia Alemania y sin grandes sobresaltos el submarino fue tomando forma en el astillero gaditano. El 22 de octubre de 1930, se botaba el barco en aguas de la bahía rotulado como el E-1 (Echevarrieta-1). A la botadura no asistió Primo de Rivera que había fallecido meses antes, ni tampoco el Rey, aunque si lo hizo días más tarde cuando asistió a la jura de bandera de su hijo, don Juan de Borbón, en la Academia Naval Militar de San Fernando.

El E-1 en el astillero de Cádiz
Las pruebas del barco resultaron totalmente satisfactorias y se le consideró el mejor submarino existente en aquella fecha, pero las circunstancias comenzaron a cambiar. El Gobierno español empezó a dudar en la decisión de compra y los amigos germanos, con Canaris a la cabeza, estaban perdiendo peso en el gobierno alemán. Además, se había producido el crash del 29, que supuso un cataclismo de la economía mundial y Echevarrieta tuvo que sostener el proyecto con su patrimonio, de modo que se fue deshaciendo de propiedades, liquidando empresas y vendiendo obras de arte. La puntilla a su situación llegó con la proclamación de la II República en abril de 1931, que dio paso a gobiernos pacifistas y al rechazo de cualquier proyecto armamentista. Así que aquel republicano que hizo negocios con la monarquía, se vio ahora rechazado por los suyos, que ni siquiera le indemnizaron parcialmente. Tras varios intentos, el submarino E-1 fue vendido a Turquía en 1934 y desapareció de la memoria naval española.

Para que no falte de nada en una biografía tan azarosa y dispuesto a jugarse todas sus cartas, Echevarrieta se ofreció al gobierno de la República como intermediario, para conseguir armas a los revolucionarios portugueses, pero Indalecio Prieto y otros líderes de la izquierda se apoderaron de ellas para emplearlas en la Revolución de octubre de 1934. La operación consistió en desembarcar armamento importado en la costa asturiana, pero todo salió mal. La Guardia Civil les pilló descargando el barco y unos cuantos fueron detenidos. Tirando de los hilos, llegaron al propio Echevarrieta que acabó en la cárcel Modelo con una seria condena. Fue acusado de conspiración para la rebelión y finalmente amnistiado, tras el triunfo electoral del Frente Popular.

Estos antecedentes hacían suponer que a Echevarrieta no le iría bien en el franquismo, pero lejos de ser represaliado, el gobierno del generalísimo le devolvió el astillero de Cádiz, aunque era imposible que levantara cabeza. En 1947, una catastrófica explosión en la fábrica de torpedos destruyó gran parte de las instalaciones, causando un desastre en la bahía de Cádiz. Ante la inminente quiebra, los astilleros fueron traspasados al Instituto Nacional de Industria, poniendo fin a la carrera de Horacio Echevarrieta en el sector naval, cuando ya había cumplido los ochenta años de edad.

A pesar de tanto desastre, sus últimos tiempos fueron bastante tranquilos apoyándose en sus buenas relaciones con la burguesía vasca, amiga del régimen y a ciertos méritos contraídos por su apoyo a elementos "nacionales" a los que dio refugio en su casa de Madrid durante la Guerra Civil. La celebridad de Horacio Echevarrieta se fue diluyendo durante el franquismo y terminó en el más absoluto de los olvidos. Su último refugio estuvo en la margen izquierda de la ría, en Barakaldo. Allí hay un palacio construido en el siglo XVIII de estilo segundo imperio francés, que actualmente forma parte de un parque público. En su propiedad del Palacio Munoa falleció en 1963, Horacio Echevarrieta, un personaje clave en la España del primer tercio del siglo XX y sin embargo, relegado al olvido.



El documental completo en esta dirección:

https://cnubis.com/404/El_ultimo_magnate.mp4?pt=PNVpBbZVWyRLPTx%2BdnF82zrBfRNEFUIELfVB33ddk4A%3D

No hay comentarios:

Publicar un comentario