Google+ Aislado en este planeta: Una sociedad aburrida

domingo, 6 de mayo de 2018

Una sociedad aburrida

La vida normal y corriente en las sociedades acomodadas es aburrida. Estas sociedades suelen ser de corte democrático con un buen nivel de bienestar donde las situaciones cotidianas son previsibles y por tanto nunca pasa casi nada que haga diferente un día del anterior.

La culpa debe ser de la democracia que sin duda es aburrida. Hay otros lugares con sistemas políticos diferentes donde la vida esta salpicada de sobresaltos. Las débiles democracias tienen que soportar a menudo incertidumbres y piruetas políticas que acongojan al ciudadano. Peor son las dictaduras malas, (las buenas no existen), donde se vive al albur de las arbitrariedades, cuando no de las locuras del iluminado de turno y su cohorte. Y que decir de los lugares donde ni siquiera hay una estructura de estado y se impone la ley del más fuerte, del señor de la guerra y donde el máximo objetivo es llegar vivo a mañana y por tanto, no cabe aburrirse.

Esta gente se aburre

En nuestra sociedad, los primeros que se aburren son los políticos. Basta observarles en sus escaños parlamentarios, con caras de sueño, dormitando o jugando con el móvil. El sistema aburrido se ha vuelto también indolente e irresponsable ya que la representación directa se ha cambiado por el voto disciplinado, por tanto, ¿qué otra cosa puede hacer el político que esperar a apretar el botón? Si hubiera un mínimo de pudor deberían vivir en un continuo sonrojo, pero ya sabemos que los políticos carecen de vergüenza y en muchos casos de aptitudes para hacer otra cosa en la vida, así que se dedican a vivir del pesebre anteponiendo el cuidado de su carrera al interés del común.

Después está la sociedad, los ciudadanos, que mayormente se aburren debido a la previsibilidad de sus trabajos y a la monotonía de sus jornadas. Incluso la incertidumbre de un trabajo precario no causa mayor zozobra ya que el sistema esta muy amortiguado por diversas protecciones que van desde seguros de desempleo y sanidad universal hasta el apoyo familiar, de modo que nadie va a morirse de hambre y dificilmente de enfermedad.

En otro orden de cosas, los problemas fortuitos de esta sociedad se han reducido con numerosas medidas adecuadas para dejar de preocuparse. Así tenemos subvenciones europeas para paliar los efectos de la sequía, seguros para daños catastróficos, ayudas para colectivos desfavorecidos y servicios de psicólogos ante cualquier alteración de la normalidad.

Esta situación tan confortable produce daños colaterales como la indolencia, el conformismo y la falta de iniciativa. Con una vida tan aburrida hay que buscar alicientes en otras actividades. Por ejemplo, se ha puesto de moda viajar como locos y en cuanto hay dos festivos seguidos ya hay que salir zumbando por tierra, mar y aire a coleccionar destinos que se convierten en una nueva chincheta en el mapa. Y, ¿qué decir del turismo de riesgo, propio de enajenados mentales? Ahora se lleva viajar a un país en guerra o a lugares exóticos y peligrosos de los que los propios nativos están tratando de huir. También florece el deporte de riesgo que lleva a la gente a saltar al vacío atado a una goma o a las mil modalidades de vuelo, todas ellas peligrosas. También sirven, disfrazados de deporte, el buceo en cuevas, el barranquismo o las pruebas extremas de muchos deportes donde lo mínimo que se perjudica es la salud.

Hay formas más seguras de divertirse

Hay otras actividades arriesgadas que ni siquiera tienen una coartada. El turismo de borrachera o la borrachera sin turismo, las sustancias psicotrópicas y euforizantes, el sexo indiscriminado, el vandalismo callejero o la velocidad incontrolada. Y cada vez más, necesito más, más adrenalina que si no, me aburro. Si te acostumbras a vivir en una montaña rusa, terminas por no emocionarte así que hay que abrir la mente a nuevas modalidades para mantener la cota de emoción y peligro.

Todo esto no es novedoso en nuestra sociedad. Ahora se cumplen los 50 años de aquel Mayo del 68 que todo joven aspira a revivir en alguna medida. En París se levantaron barricadas, se quemaron coches, se organizaron comunas y los enfrentamientos con la policía fueron descomunales. ¿Eran gente marginada o hambrienta? No. Simplemente eran estudiantes aburridos, hijos de una sociedad burguesa, que cayeron en la exaltación utópica del maoísmo y se enfrentaron al estado democrático y por ello fascista. Es la emoción de los proyectos totalitarios de cualquier signo que ofrecen un mundo nuevo y apasionante que terminará con el viejo orden corrupto e injusto. Es increíble, pero cuatro proclamas simplistas pueden calar en las mentes aburridas y lanzarlas a la utopía de destruir la democracia por imperfecta y sustituirla por otra cosa que indefectiblemente se llama totalitarismo de un signo u otro. 

El mayo francés

El pensamiento individual deja paso a la masa, a la consigna única, a la misión histórica, a la verdad absoluta, al supremacismo. Así se explica el ascenso del nazismo, la xenofobia catalana o el populismo antisistema. También tiene la misma raíz el hecho de que miles de jóvenes europeos se hayan apuntado a combatir con el Estado Islámico y no es por ignorancia ni fanatismo. Se trata de vivir emociones apasionantes que pasan por disparar, matar, torturar, violar o ser violada como esclava sexual. Estos comportamientos incomprensibles solo se entienden asumiendo que esas personas no saben qué hacer con su vida. Muchos han pasado por dificultades, pero no más que otros millones que no han decidido embarcarse en una aventura suicida y criminal. Simplemente se aburren y no lo soportan.

¿Cómo deberían enfocarse estos problemas en las sociedades democráticas? Seguro que la respuesta no es fácil pero pienso que no anda lejos de estas medidas: educación y responsabilidad y en ambas el déficit español es clamoroso. Es necesario que los ciudadanos tengan la cabeza bien amueblada para discernir, separando el grano de la paja y así actuar con criterios sólidos. Después el estado y la sociedad en su conjunto deben exigir al ciudadano responsabilidad sobre sus actos. Pues bien, ambas premisas se incumplen. El estado trata a los ciudadanos como niños a base de normas y prohibiciones y también graciosas concesiones, con un excesivo sentido de tutela. El ciudadano debe sentir que tiene oportunidades y a través de ellas, hacerse responsable de su vida. Querer ser mejor y esforzarse para conseguirlo es bueno para el individuo y para la sociedad y le da menos oportunidades al peligroso y destructivo aburrimiento. Y el que necesite adrenalina, puede optar por hacerse autónomo, emprendedor como se dice ahora, y se enterará de lo que son emociones fuertes.

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